Sanidad vegetal del cultivo de sorgo

Sanidad vegetal del cultivo de sorgo

La sanidad vegetal del sorgo condiciona la eficiencia con que el cultivo transforma radiación, agua y nitrógeno en biomasa cosechable, cualquier alteración fitosanitaria en estadios tempranos reduce el índice de área foliar funcional, acorta la duración del verdor y desplaza asimilados hacia rutas de defensa, comprometiendo el llenado de grano, por eso el manejo integrado de enfermedades como antracnosis, tizón foliar y pudriciones de raíz debe anticiparse al cierre del dosel, cuando el microclima del cultivo se vuelve más favorable a patógenos necrotróficos y hemibiotróficos.

Al mismo tiempo, la presión de plagas como Melanaphis sacchari y Chilo partellus altera la arquitectura del dosel y abre puertas a infecciones secundarias, de modo que la protección del rendimiento exige combinar híbridos con resistencia poligénica, rotaciones que interrumpan ciclos de inóculo, monitoreo georreferenciado y umbrales económicos dinámicos, integrados con bioinsumos y fungicidas de sitio específico para evitar resistencia, solo así la fisiología del sorgo se mantiene orientada a la producción de grano y no a la reparación de tejidos dañados.

Plagas

La sanidad vegetal del sorgo en México se ha vuelto un punto crítico a medida que el cultivo se desplaza hacia ambientes más cálidos y variables, con sistemas de producción intensivos que favorecen la proliferación de insectos. Las plagas ya no son un factor ocasional, sino un componente estructural del riesgo productivo, capaz de reducir el rendimiento esperado en más de 40 % cuando coinciden condiciones climáticas favorables y manejo deficiente, lo que obliga a repensar la protección fitosanitaria con criterios de manejo integrado y no solo de control químico.

Pulgón amarillo del sorgo: la plaga emblemática

El pulgón amarillo del sorgo (Melanaphis sacchari) se ha consolidado como la plaga clave del cultivo en buena parte del Bajío, noreste y Golfo de México, desplazando a otros hemípteros como problema principal. Su capacidad de multiplicación exponencial, con ciclos de generación de 5 a 7 días bajo temperaturas de 25-30 °C, permite que poblaciones iniciales bajas alcancen niveles devastadores en menos de tres semanas, colonizando la cara inferior de las hojas y los tallos con densidades de miles de individuos por planta.

El daño se expresa en una combinación de succión de savia, inyección de toxinas y excreción de mielecilla, que reduce la fotosíntesis, acelera la senescencia foliar y predispone al ataque de fumaginas, con una pérdida progresiva de área foliar funcional en etapas críticas como embuche y llenado de grano. Ensayos recientes en Tamaulipas y Guanajuato han documentado reducciones de 1.5 a 3.0 t/ha cuando la infestación se establece antes de la floración sin manejo oportuno, y en lotes altamente susceptibles, los daños han superado 60 % del rendimiento potencial, afectando también la calidad del forraje por contaminación con mielada y hongos.

El impacto del pulgón amarillo no se limita al rendimiento, también altera la lógica de costos del sistema productivo, forzando aplicaciones insecticidas adicionales, cambios en fechas de siembra y una selección más estricta de híbridos tolerantes. Este desplazamiento hacia materiales con cierto nivel de resistencia ha reducido parcialmente las pérdidas, pero ha incrementado la dependencia de un número limitado de genotipos, lo que introduce nuevos riesgos de vulnerabilidad genética frente a biotipos emergentes del insecto.

Complejo de barrenadores y mosquita del sorgo

Mientras el pulgón amarillo domina la atención en superficie irrigada y de temporal con buen manejo, los barrenadores del tallo mantienen su importancia en regiones cálidas y secas, particularmente en sorgos de ciclo largo y siembras tardías. Especies como Diatraea considerata y Eoreuma loftini perforan tallos desde estados vegetativos intermedios, formando galerías que interrumpen el flujo de agua y asimilados, lo que se traduce en acame, espigas mal llenadas y plantas “blancas” en la antesis.

El efecto sobre el rendimiento es insidioso, menos espectacular que una infestación de pulgón, pero persistente, con pérdidas típicas de 10-25 % en lotes sin manejo integrado y daños mayores en años con inviernos suaves que permiten alta supervivencia de larvas en rastrojo. La presencia de galerías también facilita la entrada de patógenos fúngicos, agravando el deterioro del tallo y reduciendo el valor del rastrojo para uso ganadero, lo que conecta la sanidad del cultivo con la sanidad del sistema forrajero en su conjunto.

En paralelo, la mosquita del sorgo (Stenodiplosis sorghicola) continúa siendo una plaga clave en zonas del Pacífico y algunas áreas del Bajío, donde la sincronía entre floración y picos poblacionales del insecto define el grado de daño. Las hembras ovipositan en las flores recién abiertas y las larvas consumen el contenido de los ovarios, impidiendo la formación del grano, por lo que el rendimiento se ve directamente afectado por la proporción de flores infestadas. En evaluaciones de campo se han observado reducciones de 20-50 % en el número de granos por panoja cuando no se consideran estrategias de escalonamiento de siembras, uso de híbridos de floración concentrada y monitoreo fino del momento de emergencia de adultos.

La mosquita ilustra cómo la fenología del cultivo se convierte en una herramienta de manejo, ya que pequeñas modificaciones en fecha de siembra, que desfasen la floración respecto al máximo de población de la plaga, pueden reducir drásticamente la necesidad de aplicaciones insecticidas. Sin embargo, la creciente variabilidad climática dificulta predecir con precisión estos picos, lo que obliga a fortalecer los sistemas locales de monitoreo y la capacidad de respuesta rápida de los productores.

Gusanos defoliadores y chinches: plagas de impacto subestimado

Los gusanos defoliadores, principalmente Spodoptera frugiperda y Helicoverpa zea, se comportan como plagas esporádicas pero potencialmente severas en sorgo, sobre todo cuando el cultivo se establece cerca de maíz o algodón, que actúan como reservorios. En etapas tempranas, la defoliación intensa reduce el índice de área foliar y retrasa el desarrollo, con impactos indirectos sobre la eficiencia en el uso de agua y nutrientes, mientras que en estados avanzados las larvas pueden dañar panojas en formación, afectando la fertilidad de las flores y el número de granos cuajados.

La magnitud del daño depende de la capacidad del cultivo para reponer área foliar y del momento en que ocurre el ataque, por lo que no toda defoliación se traduce en pérdida significativa de rendimiento. Sin embargo, cuando la presión de plaga coincide con estrés hídrico o nutricional, la resiliencia fisiológica del sorgo disminuye y se han documentado pérdidas de 0.8-1.5 t/ha en siembras de temporal con manejo limitado, lo que revela la importancia de integrar el control de defoliadores en una visión de estrés múltiple y no como un problema aislado.

Las chinches del grano, como Oebalus insularis y Nezara viridula, completan el panorama de plagas relevantes en la fase de llenado y madurez, alimentándose de granos lechosos y pastosos, ocasionando granos vanos, manchados y con menor peso específico. Aunque su impacto sobre el rendimiento total suele ser menor que el de pulgones o mosquita, su efecto sobre la calidad física y el porcentaje de grano comercializable puede representar pérdidas económicas considerables, sobre todo en cadenas de valor que penalizan el daño visible y el aumento de impurezas.

En sorgos destinados a alimentación animal, el daño por chinches altera la densidad energética de la ración y puede incrementar la proporción de finos y polvos en el grano molido, afectando el consumo voluntario en sistemas intensivos. De nuevo, la interacción entre sanidad y calidad se hace evidente, subrayando que la evaluación de plagas debe ir más allá de la simple medición de t/ha cosechadas.

Interacciones, umbrales y manejo integrado

Las plagas del sorgo no actúan en compartimentos estancos, sino en un entramado de interacciones ecológicas donde la presencia de una especie puede modificar la dinámica de otra, directa o indirectamente. Las aplicaciones insecticidas dirigidas al pulgón amarillo, por ejemplo, pueden reducir poblaciones de enemigos naturales como coccinélidos, crisópidos y sírfidos, lo que a su vez favorece la proliferación de otros hemípteros secundarios o de trips en panoja, alterando el equilibrio biológico del agroecosistema.

Este contexto obliga a refinar los umbrales económicos de daño, considerando no solo la densidad de la plaga principal, sino el estado fisiológico del cultivo, el valor esperado del grano, los costos reales de control y la presencia de fauna benéfica. En el caso del pulgón amarillo, umbrales dinámicos basados en la proporción de hojas infestadas y la tasa de crecimiento poblacional ofrecen una aproximación más robusta que los criterios estáticos de “número de pulgones por hoja”, permitiendo decisiones más ajustadas que eviten tanto el subcontrol como el uso excesivo de insecticidas.

El manejo integrado de plagas (MIP) en sorgo se articula entonces en cuatro ejes: selección de híbridos con tolerancia genética comprobada, ajuste de fechas de siembra y densidad de población para evadir picos de plaga, conservación y liberación de enemigos naturales, y uso racional de insecticidas con rotación de modos de acción para retrasar la resistencia. La incorporación de bioinsecticidas, extractos vegetales y tecnologías de aplicación más precisas complementa este enfoque, especialmente en regiones donde la presión social y regulatoria sobre el uso de moléculas de alta toxicidad es creciente.

En México, la variabilidad regional en cuanto a clima, sistemas de producción y estructura de plagas exige que las estrategias de MIP se construyan a escala local, basadas en monitoreo sistemático y en la participación activa de los productores en redes de vigilancia, más que en recetas generales. Solo así el sorgo podrá sostener su papel estratégico en la seguridad alimentaria y forrajera bajo un escenario de cambio climático, donde la presión de plagas tenderá a intensificarse y a redistribuirse geográficamente.

Enfermedades

La sanidad vegetal del sorgo en México se ha vuelto un factor decisivo para sostener rendimientos estables en un contexto de presión creciente por patógenos, cambios en el clima y sistemas de producción intensivos. Aunque el sorgo (Sorghum bicolor) se considera más rústico que otros cereales, la intensificación del monocultivo, la siembra de materiales genéticamente homogéneos y el manejo inadecuado de residuos han incrementado la frecuencia y severidad de varias enfermedades fúngicas y bacterianas, con impactos directos en la productividad y la calidad del grano y del forraje.

Carbones y tizones: patógenos clave en la fase reproductiva

Entre las enfermedades más relevantes destacan los carbones del sorgo, causados principalmente por Sporisorium reilianum (carbón de la panoja) y Sporisorium sorghi (carbón cubierto), patógenos sistémicos que se establecen desde la semilla o el suelo y se expresan en la etapa reproductiva, sustituyendo parcial o totalmente los tejidos florales por masas de teliosporas. En regiones sorgueras de Tamaulipas, Guanajuato y Michoacán se han documentado incidencias de 5-15 % en lotes sin tratamiento de semilla, con pérdidas de rendimiento que pueden superar 30 % cuando coinciden condiciones de alta humedad en el suelo y temperaturas de 20-28 °C al momento de la germinación.

La naturaleza sistémica de estos carbones implica que las plantas infectadas rara vez se recuperan, por lo que el impacto económico se define desde el establecimiento del cultivo. El uso de semilla certificada, tratada con fungicidas sistémicos a base de triazoles o carboxamidas, ha reducido significativamente la incidencia en esquemas tecnificados, sin embargo, en sistemas de producción de temporal con semilla propia el problema persiste, facilitado por la permanencia de teliosporas viables en el suelo por varios años. Esta dinámica convierte al carbón en un indicador de la calidad fitosanitaria del sistema de producción, más que de una sola campaña.

Relacionado con los carbones, el tizón de la panoja causado por Fusarium thapsinum y complejos de Fusarium spp. no siempre se reconoce como enfermedad primaria, pero su presencia en panojas expuestas a lluvias en floración y llenado de grano reduce la fertilidad y favorece el desarrollo de micotoxinas, en particular fumonisinas, que comprometen el uso del grano en alimentación animal. En zonas cálidas y húmedas de Veracruz y Oaxaca, la combinación de temperaturas superiores a 28 °C y alta humedad relativa durante la antesis puede reducir el número de granos llenos por panoja hasta en 25 %, incluso en híbridos de alto potencial.

Enfermedades foliares: fisiología, fotosíntesis y rendimiento

En la fase vegetativa y de llenado de grano, las enfermedades foliares definen la capacidad fotosintética del cultivo y, en consecuencia, el rendimiento final. La antracnosis del sorgo, causada por Colletotrichum sublineola, se ha consolidado como una de las enfermedades foliares más importantes en el Bajío y el noreste de México, con epidemias severas en ciclos de temporal húmedo. Las lesiones necróticas en hojas, a menudo rodeadas de halos cloróticos, reducen el área foliar funcional, aceleran la senescencia y disminuyen la intercepción de radiación, lo que se traduce en reducciones de 20-50 % en rendimiento cuando la infección ocurre antes de la floración y se combina con alta presión de inóculo.

La variabilidad patogénica de C. sublineola complica el uso exclusivo de resistencia genética, ya que razas emergentes pueden superar la resistencia vertical de híbridos comerciales en pocos ciclos de cultivo. Esto obliga a integrar estrategias como la rotación de cultivos, la destrucción de residuos infectados y el manejo de fechas de siembra para evitar la coincidencia de la etapa de máxima susceptibilidad con periodos de lluvia intensa. En sistemas de alto rendimiento bajo riego, la aplicación dirigida de fungicidas estrobilurínicos o mezclas estrobilurina-triazol en V8-V10 y prefloración puede preservar el área foliar, aunque el costo sólo se justifica cuando el potencial supera 6.0 t/ha y las condiciones ambientales favorecen la infección.

Otra enfermedad foliar relevante es la mancha zonada, causada por Gloeocercospora sorghi, que se presenta con mayor frecuencia en regiones cálidas y subhúmedas. Las lesiones concéntricas, de aspecto zonado, pueden coalescer y provocar defoliación prematura, especialmente en materiales susceptibles. Aunque sus pérdidas rara vez alcanzan la magnitud de la antracnosis, la reducción de área foliar activa durante el llenado de grano puede disminuir el peso de mil granos en 8-15 %, afectando tanto el rendimiento como la calidad industrial del grano para molienda y elaboración de alimentos balanceados.

La roya del sorgo (Puccinia purpurea) aparece de forma recurrente en ambientes húmedos y templados, y su importancia se incrementa en híbridos con alto índice foliar. Las pústulas rojizas dispersas en hojas reducen la eficiencia fotosintética y aumentan la respiración, lo que se refleja en menor acumulación de biomasa. En años con inviernos suaves y alta humedad relativa, las epidemias tempranas pueden reducir el rendimiento de grano en 10-25 %, además de comprometer la calidad del forraje por aumento en la proporción de tejido senescente.

Enfermedades de raíz y tallo: la dimensión invisible del daño

Mientras las enfermedades foliares son visibles y relativamente fáciles de diagnosticar, los patógenos de raíz y tallo actúan de manera silenciosa, erosionando el potencial de rendimiento desde el subsuelo. El complejo de pudriciones de raíz y tallo asociado a Fusarium spp., Macrophomina phaseolina y Rhizoctonia solani se ha intensificado en áreas con siembra continua de sorgo y maíz, suelos compactados y estrés hídrico intermitente. M. phaseolina, agente causal del carbón carbonoso, se favorece con altas temperaturas del suelo (30-35 °C) y baja humedad, condiciones frecuentes en el norte y noreste de México durante la fase de llenado de grano.

Las plantas afectadas por estas pudriciones muestran marchitez, acame basal y reducción del llenado de panojas, lo que se traduce en pérdidas de rendimiento que pueden oscilar entre 10 y 40 %, dependiendo de la severidad y del momento de infección. Además, el daño en raíces reduce la eficiencia en el uso de agua y nutrientes, por lo que el impacto es mayor en sistemas de baja fertilización. La persistencia de estructuras de resistencia en el suelo convierte a estos patógenos en un problema crónico, que se agrava cuando se labra en exceso o se mantiene una alta densidad de siembra, factores que limitan la aireación del suelo y la exploración radicular.

En este contexto, la rotación con leguminosas, el uso de híbridos con mayor vigor radicular y la mejora de la estructura del suelo mediante incorporación de residuos orgánicos y reducción de la compactación son componentes estratégicos del manejo sanitario. El control químico resulta limitado en estos casos, por lo que la prevención y el manejo integrado del sistema suelo-planta adquieren un peso mayor que en las enfermedades foliares o de panoja.

Bacteriosis, virosis y el impacto en el rendimiento esperado

Aunque las enfermedades fúngicas dominan el panorama sanitario del sorgo en México, las bacteriosis y virosis han cobrado relevancia en los últimos años, especialmente en sistemas intensivos bajo riego. La tizón bacteriano causado por Xanthomonas vasicola pv. holcicola se manifiesta con estrías cloróticas que evolucionan a lesiones necróticas alargadas, a menudo asociadas a heridas mecánicas o daño por granizo. En condiciones de alta humedad y temperaturas de 25-30 °C, la enfermedad puede avanzar rápidamente, reduciendo el área foliar funcional y predisponiendo a infecciones secundarias. Aunque las pérdidas directas suelen ser moderadas (5-15 %), su importancia radica en la dificultad para controlarla mediante químicos, lo que obliga a depender de resistencia genética, manejo de rastrojos y rotación de cultivos.

En el ámbito de las virosis, el virus del enanismo clorótico del maíz (MCMV) y otros virus transmitidos por chicharritas y pulgones representan una amenaza potencial en regiones donde se cultivan sorgo y maíz en estrecha proximidad. Las plantas infectadas muestran reducción del porte, clorosis generalizada y panojas mal formadas, con pérdidas de rendimiento que pueden superar 50 % en infecciones tempranas. Aunque la incidencia en México ha sido históricamente baja en sorgo comparado con maíz, el aumento de vectores favorecido por inviernos más cálidos y cambios en los patrones de precipitación exige una vigilancia epidemiológica más rigurosa y una integración de manejo de vectores dentro de los programas de sanidad vegetal.

La suma de estas enfermedades, cada una con su propia ecología y epidemiología, se refleja en la brecha entre el rendimiento potencial y el rendimiento real en campo. En híbridos modernos de sorgo con potencial superior a 8.0 t/ha bajo riego, las pérdidas acumuladas por enfermedades pueden fácilmente situarse entre 1.5 y 3.0 t/ha cuando no se aplica un manejo sanitario integrado, incluso en ausencia de epidemias catastróficas. Esta brecha se amplía en sistemas de temporal con variabilidad climática marcada, donde la coincidencia de estrés hídrico con enfermedades de raíz y foliares puede reducir el rendimiento a menos de 50 % del potencial genético.

Frente a este escenario, la sanidad vegetal del sorgo en México deja de ser un componente aislado del manejo agronómico para convertirse en un eje articulador de decisiones sobre elección de híbridos, rotación de cultivos, manejo de residuos, densidad de siembra y uso racional de insumos químicos. La comprensión detallada de las principales enfermedades, de sus interacciones con el ambiente y con la fisiología del cultivo, permite diseñar sistemas de producción más resilientes, capaces de sostener rendimientos altos y estables en un contexto de incertidumbre climática y presión fitosanitaria creciente.

Malezas

La sanidad vegetal del sorgo en México está condicionada de forma decisiva por la presión de malezas, que compiten por agua, luz y nutrimentos en sistemas agrícolas ya de por sí tensionados por la variabilidad climática. En un cultivo que se siembra con frecuencia en condiciones de temporal y suelos de fertilidad media, la interferencia de malezas no es un detalle secundario: define el techo productivo real. Ensayos recientes en el Bajío y en el noreste han mostrado reducciones de rendimiento de 30–60 % cuando el sorgo permanece en convivencia completa con malezas durante los primeros 40 días después de la siembra, lo que convierte al manejo de estas especies en un eje central de la productividad.

Esta presión se explica, en parte, por la propia biología del sorgo, que aunque posee cierta capacidad alelopática y una arquitectura de planta relativamente competitiva, presenta un crecimiento inicial más lento que el maíz, dejando una ventana temprana en la que las malezas colonizan el espacio con rapidez. El resultado es un cambio en la estructura del agroecosistema, donde especies anuales de ciclo corto y alta producción de semilla se imponen, modificando la dinámica de bancos de semillas en el suelo y condicionando las campañas subsecuentes, incluso cuando se rota con otros cultivos.

Principales malezas de importancia en sorgo en México

Entre las malezas de mayor impacto destacan las gramíneas anuales, particularmente Echinochloa colona, Echinochloa crus-galli, Digitaria sanguinalis y Setaria spp., que encuentran en el sorgo un nicho ideal por la similitud de sus requerimientos ecológicos. Estas especies emergen con rapidez, presentan tasas de crecimiento relativo elevadas y una alta eficiencia en el uso del nitrógeno, lo que les permite desplazar al cultivo en las primeras etapas fenológicas, sobre todo cuando la siembra se retrasa o la densidad de población del sorgo es baja. En parcelas de Tamaulipas y Guanajuato se han registrado densidades superiores a 150 plantas/m² de Echinochloa, asociadas con pérdidas de más de 2.0 t/ha de grano.

Las ciperáceas, con énfasis en Cyperus rotundus y Cyperus esculentus, representan un reto distinto, ya que su capacidad de regeneración a partir de tubérculos y rizomas las hace persistentes aun después de varios ciclos de control químico o mecánico. En suelos pesados y con mal drenaje, frecuentes en zonas sorgueras de Veracruz y partes de Jalisco, estos propágulos vegetativos aseguran su permanencia, generando infestaciones crónicas que reducen la eficiencia del uso de agua y fertilizantes, y obligan a prácticas de laboreo más intensivas, con el consiguiente impacto en costos y estructura del suelo.

En el grupo de las hojas anchas, destacan Amaranthus hybridus, Amaranthus palmeri, Chenopodium album, Bidens pilosa y Parthenium hysterophorus, entre otras. Amaranthus palmeri se ha convertido en una de las malezas más agresivas en sistemas de sorgo del norte de México, gracias a su crecimiento extremadamente rápido, su elevada producción de biomasa y su capacidad de generar cientos de miles de semillas por planta, lo que alimenta un banco de semillas prácticamente inagotable. Estas especies de hoja ancha, además de competir por recursos, interfieren con la cosecha mecánica, elevan la humedad del grano y favorecen la presencia de plagas y enfermedades secundarias.

Un caso particular, por su impacto estratégico, es el complejo de sorgos de Alepo y zacates perennes como Sorghum halepense y Cynodon dactylon. S. halepense comparte parentesco con el sorgo cultivado, lo que complica el uso de ciertos herbicidas selectivos y abre la puerta a flujo génico cuando se utilizan híbridos o líneas con características especiales, como tolerancia a herbicidas. Su agresividad radica en su sistema de rizomas profundos y su notable capacidad de rebrote después de cortes o aplicaciones químicas subletales, lo que lo convierte en una maleza estructural, capaz de reducir rendimientos por encima del 50 % en infestaciones severas y persistentes.

Impacto fisiológico y ecofisiológico de la competencia

La interferencia de malezas sobre el sorgo no se limita a una simple reducción de recursos, implica una modificación profunda de la arquitectura del dosel y de los flujos de energía en el sistema. Cuando gramíneas como Echinochloa o Digitaria emergen antes o al mismo tiempo que el cultivo, interceptan una proporción significativa de la radiación fotosintéticamente activa, reduciendo el índice de área foliar efectivo del sorgo y retrasando su cierre de surco. Este retraso prolonga el periodo en que la radiación llega al suelo, favoreciendo nuevas oleadas de emergencia de malezas y reforzando un círculo de dominancia competitiva.

En términos de uso del agua, la coexistencia con malezas incrementa la evapotranspiración total del sistema, ya que se suma el consumo de especies no cosechables a la demanda hídrica del sorgo. Estudios en condiciones de temporal han mostrado que parcelas infestadas pueden agotar la humedad aprovechable del perfil del suelo entre 7 y 10 días antes que parcelas limpias, lo que expone al cultivo a estrés hídrico en etapas críticas como floración y llenado de grano. Esta sincronía entre competencia por agua y fases sensibles del cultivo amplifica el impacto en rendimiento, incluso cuando la biomasa de malezas no parece excesiva a simple vista.

El uso del nitrógeno es otro punto de fricción. Malezas de rápido crecimiento como Amaranthus y Chenopodium presentan altas tasas de absorción de nitrógeno en etapas tempranas, capturando una fracción importante del fertilizante aplicado antes de que el sorgo alcance su máxima demanda. Esto no solo reduce la eficiencia agronómica del fertilizante, también desplaza el equilibrio nutricional del cultivo, que puede mostrar síntomas de deficiencia aun en suelos con dosis aparentemente adecuadas. En consecuencia, la respuesta a la fertilización se vuelve errática y se incrementa la variabilidad del rendimiento entre lotes con manejos similares.

A nivel de fisiología del estrés, la competencia prolongada induce cambios en el balance hormonal del sorgo, con incremento de etileno y ácido abscísico, lo que acelera senescencia foliar, reduce la tasa de asimilación neta y compromete la formación de panículas completas. El resultado son panículas con menor número de granos por unidad de superficie y, con frecuencia, granos de menor peso específico, lo que deteriora la calidad para uso forrajero y para molienda. Esta respuesta fisiológica se ve exacerbada cuando la competencia coincide con otros factores de estrés, como altas temperaturas o deficiencias de fósforo y zinc.

Ventanas críticas de competencia y pérdidas de rendimiento

La noción de periodo crítico de competencia es clave para entender el impacto real de las malezas en sorgo. Ensayos recientes en regiones sorgueras de Guanajuato, Sinaloa y Tamaulipas han identificado que el intervalo entre los 15 y 45 días después de la emergencia del cultivo es particularmente sensible, de modo que la presencia de malezas durante todo ese periodo puede traducirse en pérdidas superiores al 50 % del rendimiento potencial, mientras que mantener el cultivo libre de malezas en esa ventana y permitir cierta reinfestación posterior reduce las pérdidas por debajo del 10–15 %. Esta asimetría temporal orienta la priorización de recursos en programas de manejo.

El impacto en rendimiento esperado se expresa de manera distinta según el tipo de maleza dominante y la disponibilidad de recursos. En sistemas de temporal con láminas de lluvia erráticas, la presencia de gramíneas anuales de alta densidad suele ser el factor más limitante, ya que comparten nicho funcional con el sorgo, mientras que en sistemas de riego o con suelos profundos, las malezas perennes rizomatosas como Sorghum halepense adquieren mayor relevancia, al sostener la competencia durante todo el ciclo y entre ciclos, incluso cuando se implementan labores mecánicas intensivas.

Las cifras recientes en México muestran que, en lotes con manejo deficiente de malezas, los rendimientos de sorgo grano se ubican con frecuencia por debajo de 2.0 t/ha, mientras que en condiciones de control oportuno y rotaciones adecuadas se alcanzan 4.5–6.0 t/ha en las mismas regiones, con el mismo paquete de fertilización. Esta brecha de 2.5–4.0 t/ha ilustra que el componente malezas explica una proporción significativa de la diferencia entre rendimiento real y rendimiento alcanzable, más allá de factores genéticos o climáticos.

La interacción entre malezas y resistencia a herbicidas está redefiniendo además el panorama de la sanidad vegetal en sorgo. Poblaciones de Amaranthus palmeri y Echinochloa colona con resistencia confirmada a inhibidores de ALS y glifosato, documentadas en el norte y occidente de México, limitan la eficacia de esquemas de control basados en pocos modos de acción, lo que incrementa la presión de selección y acelera la evolución de biotipos resistentes. Esta dinámica obliga a reconsiderar el papel del sorgo dentro de las rotaciones y a integrar tácticas no químicas, como densidades de siembra más altas, cultivares con mayor vigor inicial y coberturas vegetales intercampaña, que reduzcan la dependencia de herbicidas.

En última instancia, el impacto de las malezas sobre el rendimiento del sorgo en México no solo se mide en toneladas perdidas, sino en la capacidad del sistema productivo para sostenerse frente a un entorno climático y económico cambiante. La manera en que se gestionen las comunidades de malezas en los próximos años definirá, en buena medida, si el sorgo consolida su papel como cultivo estratégico en zonas de estrés hídrico, o si queda atrapado en un círculo de rendimientos bajos, altos costos de control y creciente complejidad sanitaria.

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