Retos y oportunidades del cultivo de sorgo

Retos y oportunidades del cultivo de sorgo

Los retos y oportunidades del cultivo de sorgo en México se concentran en una tensión evidente: es un cereal estratégicamente adaptado a la aridez y a la variabilidad climática, pero atrapado en esquemas productivos y comerciales que aún no reconocen todo su potencial. Esta dualidad atraviesa la cadena completa, desde la genética y el manejo agronómico hasta los mercados internacionales, y define el margen de maniobra de los productores en los próximos años.

Retos agronómicos y climáticos

El primer desafío es climático y se expresa en la creciente variabilidad intra e interanual de lluvias en las principales regiones sorgueras, especialmente en Tamaulipas, Guanajuato y Michoacán. El sorgo tolera mejor la sequía que el maíz gracias a su sistema radicular profundo, la cerosidad foliar y la capacidad de suspender temporalmente el crecimiento, sin embargo, la combinación de olas de calor con déficit hídrico en etapas críticas, como floración y llenado de grano, está reduciendo rendimientos potenciales que podrían superar 7.0 t/ha a valores promedio cercanos a 3.5–4.0 t/ha en sistemas de temporal. Esta brecha de rendimiento refleja tanto estrés abiótico como limitaciones de manejo.

Ese manejo se complica por la presión creciente de plagas emergentes y reemergentes, donde destaca el pulgón amarillo Melanaphis sacchari. Desde su irrupción epidémica a mediados de la década pasada, su dinámica poblacional se ha vuelto menos predecible, asociada a inviernos más cálidos y cambios en la fenología de hospederos alternos. Aunque existen híbridos con cierto nivel de tolerancia y se han ajustado umbrales de acción para el control químico, la dependencia en insecticidas sistémicos incrementa costos y acelera la selección de biotipos resistentes, lo que obliga a transitar hacia esquemas de manejo integrado más sofisticados, con monitoreo intensivo y uso racional de control biológico.

A estas presiones se suma la heterogeneidad en la fertilidad de los suelos sorgueros, muchos de ellos con historial de monocultivo de gramíneas y baja materia orgánica. La respuesta del sorgo a la fertilización nitrogenada es alta, pero la eficiencia de uso del nitrógeno rara vez supera 40–50 %, en parte por aplicaciones desfasadas respecto a la demanda del cultivo y por pérdidas por volatilización en suelos con pH elevado. El resultado es un círculo vicioso de costos crecientes, rendimientos estancados y mayor huella ambiental, que se agrava cuando el productor carece de análisis de suelo y se guía por dosis empíricas.

Limitaciones tecnológicas y de organización productiva

En paralelo a los retos agronómicos, existe un rezago tecnológico que no se explica por falta de conocimiento científico, sino por una transferencia desigual a los sistemas de producción. La brecha entre productores tecnificados y de baja inversión es notoria: mientras algunos manejan híbridos modernos, siembra precisa, fertilización fraccionada y protección fitosanitaria oportuna, una proporción significativa continúa sembrando materiales obsoletos, con baja densidad y sin calibración de sembradora, lo que genera poblaciones desuniformes y competencia intraespecífica excesiva. Esta disparidad se traduce en rendimientos que pueden oscilar de 2.0 a más de 8.0 t/ha dentro de una misma región.

La mecanización incompleta es otro cuello de botella, sobre todo en la cosecha. La falta de cosechadoras adecuadas o bien calibradas provoca pérdidas por desgrane, cabezuelas mal cortadas y contaminación con impurezas, lo que reduce el peso hectolítrico y penaliza el precio en el acopio. La inversión en maquinaria se dificulta en unidades de producción pequeñas o medianas, donde el volumen de sorgo no justifica por sí solo la compra de equipo, de modo que la organización en esquemas de servicios compartidos o cooperativos se vuelve una condición para superar esta barrera.

La dimensión organizativa se extiende también a la negociación comercial. Muchos productores venden su sorgo a granel, sin contratos previos y con escasa información sobre precios de referencia nacionales e internacionales, lo que los deja expuestos a la volatilidad de los mercados de granos. La ausencia de esquemas robustos de agricultura por contrato, seguros de rendimiento o coberturas de precios accesibles limita la capacidad de planear a mediano plazo. Además, la concentración de la demanda en el sector pecuario, especialmente avícola, refuerza una estructura donde el productor primario tiene poco poder de negociación.

Este entramado de limitaciones técnicas y organizativas se ve reforzado por la insuficiente articulación entre investigación, extensionismo y sector privado. Aunque existen programas de mejoramiento genético y manejo integrado, su adopción masiva tropieza con la falta de asesores capacitados en campo, la rotación frecuente de personal técnico y la escasa evaluación económica de las innovaciones, de modo que el productor no siempre percibe con claridad el retorno de invertir en nuevas prácticas.

Mercados, diversificación y valor agregado

En el plano comercial, el sorgo mexicano opera en un entorno dominado por su uso como ingrediente energético en dietas pecuarias, particularmente en aves y cerdos. Esta especialización ha sido funcional, pero lo vuelve vulnerable a cambios en la formulación de raciones, a la competencia del maíz y a las importaciones. La oportunidad reside en diversificar usos y mercados, aprovechando las características nutricionales y funcionales del grano, como su contenido de taninos condensados, antioxidantes y almidones de digestión modulada.

Un eje de diversificación es el sorgo para consumo humano, tanto en forma de harinas para tortillas, panes y galletas, como en productos extruidos tipo cereales y botanas. La ausencia de gluten y el perfil de fibra lo posicionan bien ante segmentos que buscan alimentos funcionales o para dietas específicas, sin embargo, esta oportunidad exige un trabajo fino de selección de híbridos con baja concentración de taninos para ciertos procesos, desarrollo de protocolos de molienda y acondicionamiento, y estandarización de la calidad industrial, de manera que el sorgo pueda competir en textura, sabor y rendimiento frente al trigo y al maíz.

Otra vía estratégica es el sorgo forrajero y de doble propósito, que responde a la demanda de forraje en sistemas ganaderos bajo estrés hídrico. El desarrollo de híbridos con alta producción de biomasa, buena digestibilidad de fibra neutro detergente y tolerancia a cortes múltiples permite integrar al sorgo en esquemas de intensificación forrajera con menor consumo de agua que el maíz. Esto abre la puerta a modelos de producción más resilientes, donde el productor puede decidir el destino del cultivo según el comportamiento de la temporada, cosechando grano, forraje o ambos, y así amortiguar riesgos climáticos y de precio.

En el horizonte de mediano plazo, la bioenergía y los bioproductos representan un campo incipiente pero relevante. El sorgo dulce y el sorgo biomasa ofrecen contenidos elevados de azúcares solubles y fibra lignocelulósica, aptos para la producción de bioetanol y otros biocombustibles, así como para bioplásticos y materiales compuestos. Para que esta opción se materialice en México, se requieren políticas claras de fomento a energías renovables, marcos regulatorios estables y cadenas de suministro que integren productores, plantas de transformación y consumidores finales, evitando que el riesgo recaiga únicamente en el agricultor.

Innovación genética, sustentabilidad y política pública

La base de muchas de estas oportunidades es la innovación genética orientada a múltiples objetivos: rendimiento, estabilidad bajo estrés, calidad de grano y forraje, y adaptación a sistemas de baja huella ambiental. El sorgo ofrece una ventaja relativa, su genoma está bien caracterizado y su variabilidad genética permite avanzar en rasgos complejos como la eficiencia en el uso del agua y del nitrógeno, la tolerancia a altas temperaturas en floración y la resistencia a enfermedades como el carbón cubierto Sporisorium sorghi y el antracnosis Colletotrichum sublineola. La incorporación de herramientas de selección genómica acelerada y fenotipado de alto rendimiento puede acortar los ciclos de mejoramiento, pero demanda inversión sostenida y alianzas público-privadas.

La sustentabilidad del sistema sorguero no se limita a la genética, también implica rediseñar el manejo del cultivo dentro de rotaciones diversificadas, donde el sorgo juegue un papel en la ruptura de ciclos de plagas y en la mejora de la estructura del suelo. Su tolerancia a condiciones adversas lo hace adecuado para entrar después de cultivos más exigentes, ayudando a estabilizar la producción regional, sin embargo, si se mantiene como monocultivo, se potencian problemas de malezas resistentes, plagas especializadas y agotamiento de nutrientes, lo que erosiona su ventaja adaptativa. La integración de labranza de conservación, cobertura permanente y fertilización basada en diagnósticos es crucial para sostener la productividad a largo plazo.

En este punto, la política pública se convierte en un factor determinante para convertir el potencial del sorgo en realidades productivas y comerciales. Los instrumentos de apoyo deben ir más allá de subsidios puntuales a insumos, orientándose a la gestión de riesgos (seguros climáticos paramétricos, coberturas de precios), al financiamiento de infraestructura de acopio y secado, y a la profesionalización del extensionismo. Diseñar programas que incentiven la adopción de prácticas de agricultura climáticamente inteligente en sorgo, con métricas claras de reducción de emisiones y mejora de la eficiencia hídrica, puede alinear los intereses de productores, industria y sociedad.

Finalmente, la articulación entre productores, industria alimentaria, sector pecuario y biotecnológico definirá si el sorgo permanece confinado a su rol tradicional o se convierte en un eje de intensificación sustentable en las regiones semiáridas de México. Aprovechar sus ventajas fisiológicas, su plasticidad de uso y su compatibilidad con sistemas de baja disponibilidad hídrica requiere decisiones coordinadas, donde la ciencia y la práctica agrícola dialoguen de manera continua y el mercado reconozca, en precio y en demanda, el valor estratégico de este cereal.

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