Manejo agronómico del cultivo de sorgo

Dominar el manejo agronómico del sorgo implica comprender su fisiología C4 y su interacción con ambientes de alta temperatura y estrés hídrico, la elección del híbrido condiciona la arquitectura de la planta, la estabilidad del rendimiento y la tolerancia a estrés abiótico, mientras que la densidad de siembra debe ajustarse a la disponibilidad hídrica y a la fertilidad del suelo, optimizando el índice de área foliar sin incrementar el acame, además, la sincronía entre fecha de siembra y fotoperíodo determina la duración del ciclo y la eficiencia en el uso de la radiación.
Este enfoque exige integrar el manejo de nitrógeno, fósforo y zinc con la dinámica de mineralización del suelo, evitando deficiencias tempranas que limiten el número potencial de granos, el control integrado de malezas debe anticipar la rápida cobertura del cultivo y la posible resistencia a herbicidas, mientras que el monitoreo de Chilo partellus y Melanaphis sacchari requiere umbrales económicos bien definidos, finalmente, la gestión de residuos y la rotación con leguminosas condicionan la estabilidad productiva y la resiliencia del agroecosistema.
Material vegetal y establecimiento del cultivo
La elección del material vegetal en sorgo determina, en gran medida, la eficiencia con la que el cultivo convierte radiación, agua y nutrientes en biomasa y grano, por lo que la decisión varietal no puede basarse solo en el rendimiento potencial, sino en la adaptación específica a los ambientes contrastantes de México, desde los Valles Altos hasta las zonas semiáridas del Bajío y el norte. El punto de partida es reconocer que el sorgo no es un cultivo uniforme, sino un conjunto de tipos fisiológicos y morfológicos, entre ellos sorgos graníferos, forrajeros, doble propósito, sudaneses y tipo BMR (baja lignina), cada uno con implicaciones directas sobre densidad, fecha de siembra, manejo de riego y fertilización.
Criterios para la elección de la variedad
En regiones de temporal con alta variabilidad en la distribución de lluvias, la prioridad es la estabilidad de rendimiento más que el techo productivo absoluto, por lo que conviene seleccionar híbridos de ciclo intermedio a precoz, con floración sincronizada y baja susceptibilidad a estrés hídrico en la etapa de embuchamiento y antesis, fases en las que el sorgo define número de granos. En riego, donde la oferta hídrica es más controlable, es posible aprovechar híbridos de ciclo intermedio a tardío con mayor índice de cosecha, siempre que exista capacidad para ajustar el calendario de riegos a la demanda del cultivo.
El tipo de uso final condiciona la arquitectura de la planta que se busca, en sorgo granífero para alimentación animal intensiva se prefieren híbridos con buen peso de mil granos, alta densidad de grano vítreo y taninos moderados o bajos, de modo que se combine resistencia a aves y patógenos con buena digestibilidad ruminal, mientras que en sorgos forrajeros y doble propósito cobra relevancia la relación hoja:tallo, el contenido de azúcares solubles y, en los materiales BMR, la reducción de lignina para mejorar la digestibilidad de la fibra, aunque a costa de una mayor vulnerabilidad al acame si no se ajusta la densidad de población.
El ambiente térmico y la altitud delimitan el rango de híbridos viables, en Valles Altos (>2,000 m) las temperaturas nocturnas bajas retardan la acumulación térmica, por lo que se recomienda usar materiales precoces con menor requerimiento de grados día, mientras que en zonas cálidas subhúmedas y semiáridas, donde la acumulación térmica es rápida, los híbridos de ciclo intermedio aprovechan mejor el periodo libre de heladas y maximizan el área foliar efectiva. A esto se suma la fotoperiodo-sensibilidad, todavía presente en algunos materiales forrajeros, que puede desfasar la floración si se introducen variedades no adaptadas al día largo de verano en latitudes medias de México.
La resistencia a plagas y enfermedades se ha vuelto un criterio crítico, sobre todo frente al pulgón amarillo Melanaphis sacchari y al complejo de enfermedades fúngicas como antracnosis (Colletotrichum sublineola) y tizones foliares, la elección de híbridos con resistencia parcial o tolerancia comprobada permite reducir la presión sobre insecticidas y fungicidas, además de estabilizar el rendimiento bajo escenarios de alta infestación, que son cada vez más frecuentes con inviernos suaves y otoños prolongados. De forma complementaria, la tolerancia a aluminio y sales debe considerarse en suelos ácidos o con conductividades eléctricas superiores a 4 dS/m, donde algunos híbridos comerciales muestran pérdidas de emergencia y reducción drástica de raíces.
La calidad de semilla certificada es el último eslabón, pero no el menos importante, lotes con alta energía germinativa, pureza genética y sanitaria, y tratamiento profesional con fungicidas e insecticidas de amplio espectro, constituyen un seguro frente a condiciones subóptimas de siembra, la germinación uniforme reduce la competencia intraespecífica y facilita la aplicación precisa de herbicidas pos-emergentes, que dependen de un estadio fenológico homogéneo para maximizar su selectividad.
Densidad, arreglo espacial y fecha de siembra
Una vez definido el material vegetal, la densidad de población debe ajustarse a su arquitectura y al potencial hídrico del sitio, híbridos graníferos en riego, con buena capacidad de macollamiento, pueden establecerse entre 160,000 y 220,000 plantas/ha, mientras que en temporal de distribución incierta conviene reducir la densidad a 120,000–160,000 plantas/ha, para disminuir la competencia por agua en periodos críticos, en sorgos forrajeros de alto porte, las densidades pueden superar 250,000 plantas/ha, siempre que el suministro de nitrógeno y agua sea suficiente para sostener el área foliar sin inducir acame.
El arreglo espacial influye en la intercepción de radiación y en el microclima del dosel, surcos de 0.75 m son frecuentes por compatibilidad con la maquinaria de maíz, pero en sistemas intensivos de riego presurizado y suelos profundos, el estrechamiento a 0.50 m mejora la distribución de raíces y la cobertura rápida del suelo, lo que reduce evaporación y supresión de malezas, no obstante, el estrechamiento de surcos exige mayor precisión en la nivelación y en el manejo de riego, para evitar encharcamientos o zonas secas que afecten la uniformidad del cultivo.
La fecha de siembra se define por la interacción entre temperatura del suelo, disponibilidad de humedad y presión de plagas tempranas, el sorgo requiere temperaturas del suelo cercanas a 15–18 °C para una emergencia rápida, por debajo de ese umbral el periodo de vulnerabilidad a patógenos de semilla y plántula se prolonga, en temporal, la siembra debe sincronizarse con el establecimiento confiable de las lluvias, evitando tanto las fechas demasiado tempranas, que exponen al cultivo a veranillos en floración, como las tardías, que lo llevan a madurar bajo riesgo de heladas tempranas o exceso de humedad en cosecha.
En riego, la flexibilidad es mayor, pero no absoluta, siembras muy tempranas en primavera pueden enfrentar noches frías que retrasan la emergencia y siembras muy tardías desplazan la floración a periodos de alta temperatura (>38 °C), donde se afecta la viabilidad del polen y se incrementa el vacío de grano, por ello, el ajuste fino de la fecha de siembra debe considerar los registros climáticos locales y el comportamiento del híbrido, más que un calendario fijo por región.
Preparación del terreno y establecimiento
El establecimiento del cultivo de sorgo se apoya en una cama de siembra que asegure buen contacto semilla-suelo, adecuada porosidad y mínima compactación en el estrato de 0–20 cm, en sistemas de labranza convencional, la secuencia de barbecho, rastreo y surcado sigue siendo común, aunque la tendencia hacia labranza reducida y siembra directa se ha intensificado en zonas con erosión y costos crecientes de combustible, en estos sistemas, el manejo de rastrojo de cultivos previos es determinante, ya que residuos mal distribuidos provocan variabilidad en la profundidad de siembra y en la temperatura del suelo.
La profundidad de siembra debe adaptarse a la textura y humedad del suelo, en suelos ligeros y con buena humedad, 2–3 cm suelen ser suficientes, mientras que en suelos más pesados y con tendencia a encostramiento se recomienda no exceder 4 cm, profundidades mayores reducen la velocidad de emergencia y debilitan la plántula, lo que incrementa la mortalidad bajo condiciones de patógenos de suelo, la calibración de la sembradora, el tipo de bota o disco y la presión de las ruedas tapadoras son elementos técnicos que definen la uniformidad de esta variable.
El tratamiento de semilla con fungicidas sistémicos y de contacto, complementados con insecticidas sistémicos, ha mostrado ser una herramienta eficaz para proteger la fase de emergencia, sobre todo cuando se siembra en suelos fríos o con historial de plagas de suelo como gallina ciega o gusano de alambre, además, la inclusión de bioestimulantes y recubrimientos de micronutrientes puede favorecer un arranque más vigoroso, aunque su respuesta depende del estatus nutrimental del suelo y del estrés inicial.
Durante los primeros 30 días después de la siembra, el sorgo es altamente sensible a la competencia de malezas, por lo que un programa de control que combine herbicidas preemergentes selectivos con pos-emergentes tempranos, ajustados al híbrido y a la flora predominante, es crucial, la elección varietal interactúa con este manejo, ya que híbridos de rápido crecimiento inicial y buen sombreo del suelo reducen la ventana crítica de competencia, permitiendo disminuir dosis o número de aplicaciones.
En sistemas de riego por gravedad, el primer riego de asiento o auxilio debe aplicarse con láminas moderadas, evitando saturar el perfil y provocar falta de oxígeno en la zona radicular, en riego presurizado, el fraccionamiento de láminas pequeñas y frecuentes en la fase de establecimiento mejora la aireación del suelo y reduce la percolación profunda, lo que resulta especialmente relevante en suelos de textura media a gruesa, donde el sorgo desarrolla un sistema radical profundo si el oxígeno y la humedad son adecuados.
La integración coherente entre variedad, densidad, fecha de siembra y manejo del establecimiento define la capacidad del cultivo para enfrentar los episodios de estrés abiótico y biótico que caracterizan la agricultura mexicana actual, cuando estos componentes se diseñan en función del ambiente y del sistema de producción, el sorgo se convierte en un cultivo altamente resiliente, capaz de sostener rendimientos estables incluso bajo escenarios de clima variable y restricciones de insumos.
Claves del desarrollo vegetativo
El desarrollo vegetativo del sorgo define la arquitectura del cultivo, la eficiencia en el uso de recursos y el potencial de rendimiento que podrá expresarse en floración y llenado de grano, por eso el manejo del riego, la nutrición y las labores culturales en esta fase exige decisiones finas, sincronizadas con la fenología y con las condiciones edafoclimáticas específicas de cada región de México.
Manejo del riego en la fase vegetativa
Durante la emergencia y el establecimiento, el sorgo requiere un perfil de humedad adecuado en los primeros 30-40 cm, pero conforme avanza hacia el macollamiento y la expansión foliar, la zona crítica se profundiza hasta 60-80 cm, donde se concentra la mayor parte del sistema radical funcional, por lo que el objetivo del riego en esta etapa no es solo evitar el estrés hídrico visible, sino sostener un gradiente de humedad que estimule el crecimiento profundo de raíces y reduzca la vulnerabilidad a sequías posteriores.
En sistemas de riego por gravedad, el primer riego de auxilio suele programarse entre los 10 y 18 días después de la siembra, dependiendo de la textura del suelo y la precipitación incidente, en suelos franco-arcillosos con buena retención se puede retrasar ligeramente, mientras que en suelos arenosos, con baja capacidad de campo, la frecuencia debe ser mayor y las láminas más ligeras, de 40-60 mm, para evitar lixiviación de nitratos y compactación superficial. A medida que el cultivo entra en macollamiento activo (V4-V6), el riego debe acompañar la máxima tasa de crecimiento foliar, manteniendo la humedad entre 60-80 % de la capacidad de campo, lo que en muchas zonas de riego del Bajío y La Laguna implica intervalos de 7-10 días en primavera-verano, ajustados con base en la evaporación de tanque clase A y el coeficiente de cultivo (Kc) específico de sorgo.
En riego presurizado, la estrategia cambia de volumen a frecuencia, el goteo y la aspersión permiten mantener tensiones de agua en suelo entre -20 y -40 kPa en el estrato de 0-40 cm, rango óptimo para un crecimiento radical vigoroso, por lo que el monitoreo con tensiómetros o sensores capacitivos deja de ser opcional y se vuelve una herramienta de decisión diaria, especialmente en etapas V3-V8, cuando el cultivo define el número de macollos fértiles y la superficie foliar máxima. La programación por evapotranspiración de referencia (ETo), usando Kc de 0.35-0.70 en vegetativo según densidad y cobertura, permite ajustar láminas diarias de 2.5-4.5 mm en climas cálidos, reduciendo picos de estrés que, aunque no siempre visibles, limitan el área foliar y la eficiencia fotosintética.
El riego también interactúa con la temperatura del suelo y la aireación, en suelos pesados, láminas excesivas durante el vegetativo generan hipoxia radicular, reducen la absorción de fósforo y zinc y favorecen enfermedades de raíz, por lo que, más que “regar por calendario”, conviene integrar datos de textura, profundidad efectiva, ETo y pronóstico de lluvias, sobre todo en regiones de temporal suplementado donde el riesgo de encharcamiento es alto si coinciden lluvias intensas con riegos programados.
Nutrición y fertilización en el crecimiento vegetativo
El sorgo, con su metabolismo C4, posee una elevada eficiencia en el uso de nitrógeno, pero esta eficiencia depende de una sincronía precisa entre la oferta de nutrientes y la demanda de la planta, durante el desarrollo vegetativo, la prioridad es asegurar una provisión continua de nitrógeno (N), fósforo (P) y zinc (Zn), complementada con dosis moderadas de potasio (K) y otros micronutrientes, de modo que se sostenga un crecimiento foliar rápido sin inducir desequilibrios que comprometan la estabilidad del cultivo.
La fertilización nitrogenada se estructura mejor en fraccionamientos, con una porción a la siembra y una o dos aplicaciones en cobertura, en suelos con contenido medio de materia orgánica (1.5-2.0 %) y rendimientos objetivo de 6-8 t/ha de grano, las dosis totales de N suelen ubicarse entre 90-140 kg/ha, aplicando 30-40 % a la siembra, incorporado o localizado cerca de la línea, y el resto entre V4 y V8, cuando el índice de área foliar se incrementa con mayor rapidez. El exceso de N en etapas tempranas, especialmente si coincide con alta humedad, induce un crecimiento vegetativo exuberante, tallos más suculentos y mayor riesgo de acame, por lo que la dosis debe ajustarse con base en análisis de suelo, historial del lote y, cuando es posible, diagnóstico foliar en V6-V8.
El fósforo cumple un rol crítico en el desarrollo de raíces y en la emisión temprana de macollos, en suelos mexicanos con contenidos bajos de P disponible (menos de 10 ppm Bray u Olsen), la respuesta a la fertilización fosfatada es consistente, por lo que la aplicación localizada de 40-60 kg/ha de P2O5 cerca de la semilla, en bandas laterales o por debajo de ella, mejora la emergencia y la uniformidad del stand, especialmente en siembras tempranas con suelos fríos, donde la movilidad del P se reduce. El zinc, frecuentemente deficiente en Vertisoles y suelos calizos, debe considerarse desde la siembra, con fuentes granuladas (2-5 kg/ha de Zn) o tratamientos de semilla, ya que la deficiencia temprana se traduce en hojas cloróticas, reducción del área foliar y menor capacidad fotosintética durante el resto del ciclo.
En sistemas de riego presurizado, la fertirrigación durante el vegetativo ofrece un control más fino de la nutrición, permitiendo suministrar N en pequeñas dosis frecuentes, reduciendo pérdidas por volatilización y lixiviación, por ejemplo, aportes semanales de 10-20 kg/ha de N entre V3 y V10 sostienen un crecimiento estable, evitando picos de concentración de nitratos en el suelo, que además de ser ineficientes, incrementan el riesgo ambiental, la integración de sensores ópticos (NDVI, clorofilómetros) facilita ajustar estas dosis en tiempo real, alineando la fertilización con la variabilidad intra-parcela.
La nutrición potásica, aunque menos limitante en muchos suelos mexicanos con altos contenidos de K intercambiable, adquiere importancia en regiones con suelos arenosos o con extracción intensiva por cultivos previos, ya que el K regula la conductancia estomática y la tolerancia al estrés hídrico, un balance adecuado N:K en el tejido foliar durante vegetativo temprano reduce el acame y mejora la eficiencia en uso de agua, por lo que, cuando el análisis de suelo indica niveles medios o bajos, es recomendable aplicar 40-80 kg/ha de K2O antes o al momento de la siembra.
Labores culturales y arquitectura del cultivo
El desarrollo vegetativo del sorgo no depende solo de agua y nutrientes, también de cómo se maneja la arquitectura del cultivo mediante labores culturales, que determinan la interceptación de luz, la competencia con malezas y el microclima del dosel, la densidad de población, la distribución espacial de plantas y el control oportuno de arvenses son factores que amplifican o limitan la respuesta al riego y la fertilización.
La densidad de siembra se ajusta según el propósito (grano, forraje, doble propósito), el potencial de la variedad y la disponibilidad de agua, para sorgos de grano en riego, densidades de 180,000-220,000 plantas/ha suelen maximizar el rendimiento, mientras que en temporal, donde el riesgo de sequía es mayor, densidades de 120,000-160,000 plantas/ha permiten una mejor exploración del perfil de humedad y reducen la competencia intraespecífica, la uniformidad en la distribución, lograda con sembradoras bien calibradas y semillas de alta calidad fisiológica, evita zonas con sobrepoblación y huecos que alteran la eficiencia en uso de la radiación.
El control de malezas durante el vegetativo temprano es determinante, los primeros 30-40 días después de la emergencia constituyen el periodo crítico de competencia, en el que las arvenses pueden reducir el rendimiento potencial del sorgo en más de 30 % si no se controlan a tiempo, la combinación de estrategias preemergentes y posemergentes, ajustadas a los espectros de malezas dominantes (gramíneas anuales, Amaranthus, Chenopodium, entre otras), permite mantener el cultivo libre de competencia mientras cierra el entresurco, reduciendo la necesidad de intervenciones tardías que suelen ser más costosas y menos eficaces. En sistemas de labranza reducida o siembra directa, el manejo de residuos y la cobertura del suelo agregan una capa de supresión física que complementa el control químico.
Las labores mecánicas como el cultivo entre surcos, cuando se realizan en el momento adecuado (V3-V6), cumplen funciones múltiples: controlan malezas, rompen costras superficiales, mejoran la infiltración y reducen la escorrentía, además, en suelos pesados, favorecen la aireación de la zona radicular, mitigando los efectos de riegos pesados o lluvias intensas. Sin embargo, un laboreo excesivo o profundo en esta etapa puede dañar raíces superficiales activas, por lo que la profundidad de trabajo debe ser moderada y adaptada a la estructura del suelo y al estado hídrico.
La sanidad del cultivo durante el vegetativo también se relaciona con las labores culturales, densidades excesivas, fertilización nitrogenada desbalanceada y riegos con láminas altas incrementan la humedad relativa dentro del dosel, favoreciendo enfermedades foliares como antracnosis o mancha foliar, la selección de híbridos con resistencia genética, la rotación de cultivos y el manejo cuidadoso de residuos infectados son medidas que, combinadas con un manejo agronómico equilibrado, limitan la presión de inóculo y reducen la necesidad de intervenciones químicas.
Finalmente, la integración de monitoreo fenológico y registros detallados de riegos, fertilizaciones y labores culturales permite ajustar el manejo del desarrollo vegetativo de un ciclo a otro, cada lote, con su historia de manejo, textura, profundidad efectiva y carga de malezas, ofrece información valiosa para afinar densidades, calendarios de riego y esquemas de fertilización, de modo que el sorgo exprese su potencial bajo condiciones de clima cada vez más variables y exigentes.
Claves del desarrollo reproductivo
El desarrollo reproductivo del sorgo concentra la mayor parte del potencial de rendimiento del cultivo, pero también su máxima vulnerabilidad fisiológica, porque pequeñas desviaciones en agua, nutrición o manejo del dosel se traducen en pérdidas irreversibles de número de granos y peso de mil. Desde la diferenciación de la panícula hasta el llenado, cada intervención agronómica debe sincronizarse con procesos que ocurren en escalas de días, a veces de horas.
Manejo del riego en la fase reproductiva
El sorgo tolera mejor la sequía que otros cereales de ciclo similar, sin embargo, durante embuche, floración y llenado temprano su sensibilidad al déficit hídrico aumenta de forma marcada, porque la planta prioriza la supervivencia sobre la reproducción, aborta flores y reduce el tamaño de la panícula, aun cuando el estrés sea de corta duración. Estudios recientes en ambientes semiáridos de Tamaulipas y Guanajuato muestran reducciones de 18–25 % en rendimiento con tensiones hídricas superiores a −60 kPa en el estrato de 0–60 cm durante los 10 días previos y posteriores a la antesis, incluso en híbridos considerados tolerantes.
Por ello, el riego en esta etapa se planifica no solo en función de la lámina total, sino del momento fisiológico crítico, buscando mantener el potencial hídrico del suelo en la zona de exploración radical entre 70 y 90 % de la capacidad de campo, lo que en suelos francos suele corresponder a una reposición de 50–70 mm cada 7–10 días, ajustada por evaporación de referencia y cobertura del dosel. La prioridad es asegurar un riego de apoyo al inicio de embuche, cuando el meristemo ya ha definido el número de ramas de la panícula pero aún se está determinando el número de flores fértiles, seguido de un segundo riego estratégico entre floración plena y grano lechoso, que estabiliza el cuajado y sostiene la tasa de fotosíntesis.
La decisión de riego no puede basarse solo en calendario, requiere integrar sensores de humedad, observación de síntomas fisiológicos (ligero enrollamiento foliar en horas de máxima radiación, pérdida de brillo en las hojas superiores) y pronóstico climático a 7–10 días. En sistemas de riego por goteo o cintilla, la estrategia más eficiente es mantener pulsos de baja lámina diaria (2–4 mm) con alta frecuencia, evitando fluctuaciones amplias de humedad que alteran la absorción de nitrógeno y potasio, mientras que en riego por gravedad se recomiendan láminas completas pero oportunas, evitando encharcamientos prolongados que reducen la aireación y afectan la viabilidad del polen.
El manejo del riego debe además considerar la arquitectura radical del sorgo, que en suelos profundos explora hasta 1,5–2,0 m, lo que permite utilizar reservas de agua subterránea si el perfil se llenó adecuadamente en etapas vegetativas, sin embargo, cuando la densidad de siembra es alta o el suelo presenta capas compactadas, la mayor parte de la extracción se concentra en los primeros 60–80 cm, lo que obliga a riegos más frecuentes en la fase reproductiva para evitar caídas súbitas del potencial hídrico.
Nutrición y fertilización en floración y llenado
La transición a la fase reproductiva modifica de forma drástica la demanda y redistribución de nutrientes, el sorgo intensifica la movilización de nitrógeno (N) y fósforo (P) desde hojas y tallos hacia la panícula, mientras aumenta la absorción de potasio (K), azufre (S) y micronutrientes clave como zinc (Zn) y boro (B), esenciales para la viabilidad del polen y el crecimiento del tubo polínico. Un error frecuente es asumir que la nutrición se define por completo en la etapa vegetativa, cuando en realidad el ajuste fino del rendimiento ocurre durante el llenado de grano, dependiente de la continuidad en el suministro de nutrientes y no solo de las reservas acumuladas.
En el caso del nitrógeno, la mayor parte debe aplicarse antes de la diferenciación de la panícula, sin embargo, en suelos de textura media a ligera, con alta mineralización o riesgo de lixiviación, una aplicación complementaria de 30–40 kg N/ha en prefloración, vía fertirriego o en cobertura incorporada con el último riego rodado, ha mostrado incrementos de 0,4–0,8 t/ha en rendimiento de grano, especialmente cuando coincide con una adecuada disponibilidad de agua. Esta fracción tardía de N no busca aumentar el área foliar, sino prolongar la vida funcional de las hojas superiores, reduciendo la senescencia prematura y sosteniendo la fuente fotosintética durante el llenado.
El fósforo, en cambio, ejerce su principal efecto en la etapa temprana, pero su disponibilidad en la rizosfera durante floración influye en el cuajado y en la tasa de llenado, por lo que en suelos con pH alto y fijación intensa de P, las aplicaciones foliares de fosfitos o fosfatos poliamónicos en prefloración pueden corregir deficiencias funcionales, siempre que se acompañen de un manejo cuidadoso del pH y la conductividad eléctrica de la mezcla para evitar fitotoxicidad en las hojas bandera.
El potasio adquiere un papel central en el control estomático y el transporte de azúcares hacia el grano, deficiencias moderadas de K durante la fase reproductiva reducen la tasa de llenado y aumentan la susceptibilidad al acame, aun cuando el análisis de suelo previo indique niveles medios, por lo que en ambientes con alta extracción histórica o suelos arenosos es recomendable asegurar al menos 60–80 kg K2O/ha totales, con una fracción (20–30 %) disponible en el perfil superior al inicio del llenado, ya sea por fraccionamiento de la dosis de fondo o por fertirriego en sistemas presurizados.
Entre los micronutrientes, el zinc y el boro merecen atención especial, el Zn participa en la síntesis de auxinas y en la integridad de membranas durante la formación de polen, mientras que el B es crítico para la fecundación y el desarrollo inicial del embrión, deficiencias subclínicas, difíciles de detectar a simple vista, se manifiestan como panículas parcialmente estériles o con granos mal formados, por lo que la integración de análisis foliares en prefloración y aplicaciones foliares dirigidas (0,5–1,0 kg Zn/ha y 0,2–0,4 kg B/ha) se ha vuelto una práctica de precisión en lotes de alto rendimiento.
La nutrición no se limita a aportar elementos, implica también equilibrar relaciones: excesos de N sin suficiente K favorecen tejidos tiernos, mayor transpiración y susceptibilidad a enfermedades foliares, mientras que un desbalance alto de K respecto a Mg y Ca puede inducir deficiencias secundarias que afectan la estabilidad de membranas durante el llenado, en sistemas intensivos de sorgo sobre rastrojo de maíz o caña, el monitoreo de estas relaciones catiónicas en suelo y tejido es tan importante como la dosis absoluta de cada nutriente.
Labores culturales específicas del periodo reproductivo
Durante el desarrollo reproductivo, las labores culturales dejan de centrarse en el control del crecimiento vegetativo y se orientan a proteger la panícula y el aparato fotosintético que la sostiene, lo que exige decisiones rápidas y bien calibradas frente a malezas, plagas, enfermedades y riesgos de acame. La ventana de corrección es corta, porque cualquier intervención agresiva en esta fase puede causar estrés mecánico o químico que se traduce en aborto floral.
En el manejo de malezas, la prioridad es evitar la competencia por agua y nutrientes en la franja de raíz activa, especialmente con gramíneas como Echinochloa y Sorghum halepense, que comparten nicho ecológico con el sorgo, sin embargo, la mayoría de los herbicidas de postemergencia selectivos presentan restricciones de uso a partir de embuche por riesgo de fitotoxicidad, de modo que el control tardío se apoya en escardas mecánicas superficiales y en la supresión por sombreo de un dosel bien cerrado, lo que refuerza la importancia de un control químico oportuno en etapas tempranas.
El manejo de plagas y enfermedades en esta fase se vuelve más fino, porque la tolerancia a daño disminuye, insectos chupadores como pulgones y trips reducen la fotosíntesis efectiva de las hojas superiores y pueden afectar directamente la panícula, mientras que enfermedades como antracnosis, tizones foliares y pudriciones de tallo comprometen el llenado y favorecen el acame, la decisión de aplicar fungicidas o insecticidas debe integrar umbrales económicos, pronóstico de lluvia y la fase exacta del cultivo, evitando aplicaciones durante la antesis, cuando la panícula es extremadamente sensible a daño físico y a residuos en la superficie de las flores.
El manejo del acame se vuelve crítico conforme avanza el llenado, especialmente en híbridos de alto potencial con tallos relativamente delgados, una nutrición equilibrada en K y Si, junto con densidades de siembra ajustadas a la disponibilidad hídrica, reduce el riesgo estructural, pero además es necesario evitar riegos pesados combinados con vientos fuertes en grano pastoso, en regiones con historial de acame, la elección de híbridos con mayor resistencia mecánica del tallo y la siembra en surcos más estrechos, que distribuyen mejor la carga, son decisiones estratégicas que se toman antes de la siembra, pero se evalúan en su eficacia precisamente durante esta etapa.
Finalmente, la programación de la cosecha comienza a definirse ya en el llenado, cuando se observa la uniformidad de madurez entre plantas y dentro de la panícula, una gestión adecuada del riego terminal, reduciendo o suspendiendo el aporte de agua a partir de grano pastoso-duro, permite un secado más uniforme y reduce la incidencia de hongos de almacenamiento, al mismo tiempo, decisiones como mantener o no el cultivo en pie para forraje posterior, o la altura de corte, se relacionan con la sanidad del tallo y la presencia de plagas internas, aspectos que se modelan desde el manejo agronómico de toda la fase reproductiva, donde cada riego, cada fertilización y cada labor cultural dejan su huella en la arquitectura y resistencia final de la planta.
Indicadores y actividades para la cosecha
La cosecha de sorgo es el punto donde convergen todas las decisiones de manejo anteriores, pero también es el momento en que se pueden perder, en cuestión de días, entre 10 y 30 % del rendimiento potencial por una lectura deficiente de los indicadores de madurez o por una logística mal planificada. El desafío agronómico no es sólo cortar a tiempo, sino definir con precisión qué significa “a tiempo” para cada sistema productivo, destino de uso y contexto climático de México.
Indicadores fisiológicos y morfológicos de madurez
El primer nivel de decisión se ancla en la madurez fisiológica, momento en que el grano ha completado el llenado y ya no transloca fotoasimilados desde la planta. En sorgo, el indicador más confiable es la aparición de la capa negra en la base del grano, visible al cortar longitudinalmente la cariopsis, que se observa primero en las partes medias de la panoja y luego en las superiores e inferiores, lo que refleja la asíncronía parcial del llenado. Cuando más del 95 % de los granos presentan capa negra, el grano ha alcanzado su máximo peso seco, aunque la humedad del grano aún ronda 28–32 %.
Sin embargo, la madurez fisiológica no coincide con el momento óptimo de cosecha mecánica, porque a esas humedades el riesgo de daños mecánicos y costos de secado son elevados. Por ello se recurre a indicadores morfológicos complementarios, como el viraje de color de la panoja, la pérdida de brillo en el grano y el secado progresivo de hojas y tallos. En híbridos rojos o bronce, el color se intensifica y se vuelve opaco, mientras que en granos blancos el tono crema se homogeneiza. El pedúnculo se torna marrón y pierde turgencia, marcando el tránsito hacia la madurez de cosecha.
En condiciones de temporal en el Bajío o noreste de México, el intervalo entre madurez fisiológica y madurez de cosecha suele ser de 10–18 días, dependiendo de la evapotranspiración y de la ventilación del dosel. Durante este periodo la humedad del grano desciende a 18–20 %, rango donde se equilibra el riesgo de desgrane, el daño por impacto y el costo de secado artificial. En zonas más húmedas o con lluvias tardías, como la cuenca del Papaloapan, este descenso se ralentiza, lo que obliga a ponderar otros indicadores para no prolongar innecesariamente la permanencia del cultivo en campo.
Humedad del grano y del material vegetativo
La humedad del grano es el indicador cuantitativo central para definir el inicio de la cosecha mecanizada. Para sorgo grano, el rango operativo recomendado se ubica entre 14 y 18 %, con un óptimo práctico alrededor de 16 %, donde se minimiza el quebrado de grano y se mantiene una buena eficiencia de trilla. Por arriba de 20 %, se incrementa el daño mecánico interno, se elevan los costos de secado y se favorece el desarrollo de hongos de almacenamiento como Aspergillus y Penicillium. Por debajo de 13–14 %, aumenta el desgrane en campo y el daño por impacto en el cilindro trillador y en los sinfines.
En la práctica, medir sólo la humedad promedio puede ser engañoso, porque la panoja de sorgo muestra variabilidad vertical y entre plantas, sobre todo en siembras con desuniformidad de emergencia o bajo estrés hídrico. Por ello es relevante muestrear panojas completas, separando tercio superior, medio e inferior, y estimar la desviación estándar de humedad, no sólo el valor medio. Lotes con promedios de 16 % pero con segmentos que aún superan 20 % implican riesgos de desarrollo de Fusarium y micotoxinas, además de una trilla irregular.
El segundo componente, con impacto directo en la cosecha para forraje o silo de sorgo, es la humedad del tallo y las hojas. Para ensilado, el rango objetivo de materia seca del forraje total se sitúa entre 30 y 35 %, lo que suele corresponder a una humedad de grano cercana a 28–32 %, es decir, en torno a la madurez fisiológica. Cosechar forraje con menos de 28 % de materia seca genera efluentes, pérdidas de nutrientes solubles y riesgo de fermentaciones indeseables, mientras que valores superiores a 38–40 % dificultan la compactación y favorecen la presencia de levaduras y hongos aeróbicos en el frente de silo.
En regiones cálidas y secas como el Bajío guanajuatense o La Laguna, el tallo de sorgo puede mantenerse verde y jugoso incluso cuando el grano ya se encuentra por debajo de 16 % de humedad, lo que produce una disociación entre el momento óptimo para grano y para forraje. Esta divergencia obliga a definir con claridad el objetivo productivo principal del sistema, porque intentar optimizar simultáneamente ambos usos suele traducirse en compromisos de calidad y rendimiento.
Riesgos climáticos, biológicos y mecánicos asociados al momento de corte
El tiempo de cosecha no se define sólo por el estado fisiológico del cultivo, sino por la interacción con los riesgos climáticos y biológicos de la región. En el noreste y Bajío, las lluvias tardías de septiembre–octubre coinciden con la ventana de cosecha de sorgos de ciclo intermedio, lo que incrementa la incidencia de germinación en panoja, especialmente en híbridos con menor dormancia. Un retraso de 5–7 días bajo episodios de lluvia frecuente puede reducir el peso hectolítrico y el porcentaje de grano comercializable, incluso si el rendimiento en peso fresco se mantiene.
Los pájaros granívoros, en particular tordos y gorriones, ejercen una presión significativa cuando la cosecha se retrasa más allá de la madurez fisiológica, sobre todo en lotes cercanos a cuerpos de agua o arboledas. Pérdidas superiores a 10 % en rendimiento son frecuentes en sorgos con panoja más expuesta y sin características de taninos o pigmentos disuasorios. El indicador práctico, en este caso, es el aumento visible de panojas parcialmente vacías en los bordes del lote, lo que obliga a adelantar la entrada de la cosechadora aun con humedades ligeramente superiores a las ideales.
El acamado es otro factor decisivo, asociado a vientos fuertes, lluvias intensas y, en algunos casos, a desequilibrios de nitrógeno y densidades excesivas. Una vez que el acamado supera 20–30 % de la superficie, la eficiencia de cosecha cae de manera abrupta y las pérdidas por panojas sin recoger pueden superar 15 %. El indicador relevante ya no es sólo la humedad del grano, sino el porcentaje y tipo de acamado (parcial, en raíz o en tallo) y la capacidad de la cosechadora para levantar el material. En estos escenarios, adelantar la cosecha reduce las pérdidas estructurales, aunque implique mayor costo de secado.
La capacidad operativa disponible, medida en ha/día de las cosechadoras y en la logística de transporte, también se convierte en un indicador indirecto del momento de corte. En zonas con alta concentración de siembras, como el Bajío, la saturación de servicios de cosecha puede obligar a programar la entrada a campo con anticipación, de modo que el lote se encuentre dentro del rango de humedad objetivo justo cuando la máquina esté disponible. Ignorar este factor conduce a picos de cosecha tardía, con pérdidas acumuladas por desgrane, aves y deterioro sanitario.
Actividades clave para una cosecha eficiente de sorgo
Una vez definidos los indicadores de corte, las actividades de cosecha deben organizarse con precisión. El primer paso es la calibración de la cosechadora según el tipo de sorgo (grano, doble propósito, forrajero) y las condiciones de humedad. La velocidad del cilindro trillador, la apertura del cóncavo, el flujo de aire del ventilador y la configuración de zarandas se ajustan para minimizar pérdidas por cola y daño de grano. En sorgo grano, velocidades excesivas del cilindro aumentan el porcentaje de granos quebrados y descascarados, lo que penaliza el precio y favorece el desarrollo de hongos en almacenamiento.
La altura de corte es otro parámetro crítico. En sorgo grano se busca cortar por debajo de la panoja, dejando la mayor parte del tallo en campo, lo que reduce el volumen de material que entra a la máquina y mejora la eficiencia de trilla y separación. En sistemas de sorgo doble propósito, donde se aprovecha el rastrojo para pastoreo o pacas, se puede bajar ligeramente la altura de corte, siempre que no se comprometa la capacidad de avance de la máquina ni se incremente en exceso la carga de paja en el sistema de limpieza.
La evaluación de pérdidas en campo debe realizarse de manera sistemática, mediante marcos de muestreo colocados detrás de la cosechadora para cuantificar granos en el suelo y panojas no recogidas. Valores superiores a 2–3 % de pérdidas totales justifican ajustes inmediatos en velocidad de avance, configuración de trilla o ventilación. Esta práctica, a menudo subestimada, es uno de los indicadores más directos de la calidad del manejo de cosecha.
En el caso del sorgo para ensilado, las actividades se centran en sincronizar la altura de corte, la longitud de picado y la compactación en silo. Cortar a 10–15 cm del suelo permite aprovechar la fracción más digestible del tallo y reducir la carga de tierra y cenizas. La longitud de picado, idealmente entre 1,0 y 1,5 cm, se ajusta según la materia seca y el tipo de equipo de compactación disponible. La rápida cobertura y sellado del silo, con plásticos de baja permeabilidad al oxígeno, es tan determinante como el momento de corte para preservar la calidad fermentativa.
Finalmente, la transición de la cosecha al almacenamiento exige monitorear la temperatura y humedad del grano en silos o bodegas, especialmente en sorgos cosechados en el límite superior del rango de humedad recomendado. Sistemas de aireación bien diseñados, con caudales suficientes para bajar la temperatura del grano a menos de 20 °C, reducen de forma drástica el avance de insectos y hongos. Así, los indicadores de cosecha no se agotan en el campo, sino que se prolongan en la cadena poscosecha, cerrando el ciclo agronómico del sorgo con la misma precisión con la que comenzó.
Manejo postcosecha para cuidar la calidad
El manejo postcosecha del sorgo es el último filtro técnico que define si un ciclo productivo termina en grano comercialmente aceptable o en pérdidas silenciosas por deterioro, micotoxinas y descuentos en el centro de acopio. Cada decisión, desde el momento de la cosecha hasta el almacenamiento prolongado, modifica la integridad física del grano, su estabilidad fisiológica y su inocuidad, por lo que el enfoque debe ser sistémico, anticipando riesgos en lugar de reaccionar ante daños ya visibles.
La primera condición para un manejo postcosecha eficiente es cosechar con el contenido de humedad adecuado, lo que implica coordinar fisiología de la planta, condiciones climáticas y capacidad de secado disponible. Para sorgo destinado a grano seco, el rango objetivo en campo se sitúa entre 18-20 % de humedad, lo que equilibra el riesgo de desgrane y vuelco de plantas, con la necesidad de un secado artificial o mixto que preserve la calidad. Cosechar por arriba de 22 % incrementa el daño mecánico y el consumo energético en secado, mientras que esperar por debajo de 15 % expone al cultivo a lluvias tardías, germinación en la espiga y colonización por Fusarium y Alternaria, que elevan el riesgo de micotoxinas como fumonisinas y zearalenona.
En ese punto, la calibración de la cosechadora se vuelve un factor crítico que suele subestimarse, aunque es determinante para la calidad física del grano. La velocidad del cilindro, la apertura de cóncavos y el flujo de aire deben ajustarse en función del híbrido, la humedad y la presencia de material verde. Velocidades excesivas o cóncavos demasiado cerrados incrementan el porcentaje de grano quebrado y fisurado, lo que acelera la respiración, la absorción de humedad y la colonización fúngica en almacenamiento. Un objetivo razonable para sorgo comercial es mantener el grano dañado por debajo de 3-4 %, con impurezas totales menores a 2 %, lo que requiere inspecciones frecuentes durante la cosecha, no solo una calibración inicial.
La limpieza inmediata posterior a la cosecha es el siguiente eslabón, porque el grano que entra sucio al sistema de secado y almacenamiento ya está comprometido. El uso de limpiadoras de aire y zarandas permite separar paja fina, semillas de malezas y granos vanos, reduciendo la carga de microorganismos y la heterogeneidad del lote. La presencia de impurezas mayores a 3 % incrementa los puntos calientes en las masas almacenadas, ya que el material orgánico fino concentra humedad y actúa como sustrato preferencial para hongos de almacenamiento como Aspergillus y Penicillium. Además, en un contexto de mercados que exigen sorgo para consumo humano, alimento balanceado de alta densidad energética o para procesos de bioetanol, la homogeneidad física se convierte en un atributo de calidad negociable.
Secado y control de humedad: núcleo de la estabilidad
La transición de un grano fisiológicamente activo a un producto estable se define por su contenido de humedad final, y en sorgo la meta técnica para almacenamiento seguro a mediano plazo es de 12-13 %, con un máximo de 14 % si la temperatura de almacenamiento se mantiene baja y el periodo es corto. Cada punto porcentual por encima de ese umbral duplica aproximadamente la tasa de respiración del grano y acelera la degradación del almidón y las proteínas, además de favorecer el desarrollo de hongos toxigénicos. En climas cálidos de México, donde las temperaturas en bodega pueden superar 30 °C, la combinación de 14 % de humedad y calor genera condiciones críticas en pocas semanas.
El secado artificial debe diseñarse como un proceso gradual, evitando choques térmicos que dañen el pericarpio y generen microfisuras internas. Para sorgo, temperaturas de aire de secado entre 40-45 °C son adecuadas para grano destinado a consumo humano o almacenamiento prolongado, pudiendo incrementarse hasta 50 °C para grano que se utilizará rápidamente en alimento animal, siempre que el tiempo de exposición sea corto. Tasas de secado demasiado rápidas, especialmente cuando el grano entra con más de 22 % de humedad, provocan tensiones internas que no se observan a simple vista pero que reducen la vida útil del grano en bodega, por lo que conviene trabajar con secado en dos etapas, con un reposo intermedio que permita redistribuir la humedad interna.
Cuando se recurre al secado natural en patio o en estructuras solares, la gestión del espesor de la capa de grano, la frecuencia de volteo y la protección frente a lluvias y rocío son determinantes. Capas superiores a 5-7 cm dificultan la aireación, generando zonas con humedad residual elevada que funcionan como focos de infección fúngica. Además, la exposición prolongada a radiación solar directa puede aumentar la temperatura superficial del grano por encima de 50 °C, alterando la funcionalidad de las proteínas y reduciendo la calidad para molienda húmeda o procesos industriales más exigentes. Por ello, los sistemas híbridos, donde un presecado solar reduce la humedad a 16-17 % y luego se finaliza en secadora mecánica, ofrecen una combinación eficiente de costo energético y protección de la calidad.
Almacenamiento: física del grano y biología del deterioro
Una vez alcanzada la humedad objetivo, el foco se desplaza al almacenamiento, donde la física de masas granulares se entrelaza con la biología de hongos e insectos. El diseño de silos y bodegas debe considerar la ventilación, el aislamiento térmico y la facilidad de muestreo, porque la calidad no se conserva por decreto, sino por monitoreo sistemático. En sorgo, la densidad aparente y la forma del grano favorecen una compactación que reduce la circulación natural de aire, por lo que los sistemas de aireación forzada son especialmente relevantes, incluso cuando el grano ya está en el rango seguro de humedad.
La aireación tiene dos objetivos fundamentales, que son homogenizar la temperatura en la masa de grano y evacuar el exceso de humedad que se redistribuye por corrientes convectivas internas. Sin aireación, los gradientes térmicos entre la periferia y el centro del silo provocan migración de humedad hacia las zonas frías, donde se forman “bolsas” de grano húmedo que se calientan y se colonizan por hongos. Mantener la temperatura del grano dentro de un rango de 18-22 °C, con variaciones menores a 3 °C entre puntos de muestreo, reduce de forma notable la tasa de deterioro y la proliferación de plagas de almacenamiento como Sitophilus y Rhyzopertha.
El control de insectos en sorgo almacenado requiere una estrategia integrada que combine higiene, exclusión física y, solo cuando es indispensable, tratamientos químicos. La limpieza profunda de bodegas, la eliminación de granos derramados y el sellado de grietas reducen los refugios de plagas, mientras que el uso de cribas en entradas de aire y puertas limita el ingreso de adultos voladores. Cuando se justifica el uso de insecticidas de contacto o fumigantes, la selección de ingredientes activos, dosis y tiempos de exposición debe alinearse con los límites máximos de residuos exigidos por los mercados destino, especialmente si el sorgo se orienta a exportación o a cadenas de valor con certificaciones de inocuidad. El monitoreo con trampas de feromonas y muestreos periódicos de grano permite intervenir de forma dirigida, evitando tratamientos innecesarios que incrementan costos y riesgos regulatorios.
En paralelo, la gestión de micotoxinas se ha vuelto un eje central del manejo postcosecha, sobre todo en regiones cálido-húmedas y en ciclos donde la cosecha se retrasa por lluvias. Aunque la prevención primaria se da en campo, con híbridos tolerantes y manejo fitosanitario, el almacenamiento puede agravar o mitigar el problema. Granos con daños mecánicos, humedad residual superior a 14 % y temperaturas por arriba de 25 °C constituyen un microambiente ideal para Aspergillus flavus y Fusarium verticillioides, con producción de aflatoxinas y fumonisinas que rebasan los límites aceptables para alimento animal de alto desempeño. El muestreo representativo de lotes y el análisis periódico en laboratorio permiten segregar partidas contaminadas, destinarlas a usos menos exigentes o mezclarlas de forma controlada para diluir concentraciones, siempre dentro del marco regulatorio.
Calidad comercial y trazabilidad del proceso
La calidad comercial del sorgo no se limita a la ausencia de defectos, sino que integra atributos físicos, químicos y sanitarios que definen su valor en cadenas de transformación específicas. Para alimentación animal, el peso hectolítrico, el tamaño de grano, el contenido de proteína y la digestibilidad del almidón determinan la formulación de raciones y la eficiencia de conversión. Para usos industriales, la uniformidad del grano, la dureza y la composición de taninos influyen en el rendimiento de molienda y en la funcionalidad tecnológica. Cada etapa del manejo postcosecha modifica, aunque sea ligeramente, estos atributos, de modo que la trazabilidad del proceso se convierte en una herramienta de gestión, no solo en un requisito documental.
Registrar lotes por origen, fecha de cosecha, humedad inicial, condiciones de secado, tratamientos aplicados y parámetros de almacenamiento permite correlacionar prácticas con resultados, identificar cuellos de botella y ajustar protocolos. Además, en escenarios de cambio climático donde aumentan la variabilidad de lluvias y las olas de calor, la información histórica se vuelve un insumo estratégico para anticipar riesgos de deterioro y redefinir ventanas de cosecha o capacidades de secado necesarias. Así, el manejo postcosecha del sorgo deja de ser una serie de operaciones aisladas y se consolida como un sistema dinámico, donde la física del grano, la microbiología y la economía agrícola convergen para sostener la calidad comercial que exigen los mercados modernos.
- CONABIO. (2024). Panorama del cultivo de sorgo en México. Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad.
- FAO. (2023). Sorghum production and resilience in semi-arid regions. Food and Agriculture Organization of the United Nations.
- INIFAP. (2023). Guía técnica para la producción de sorgo en México. Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias.
- SAGARPA. (2024). Estadísticas de producción agrícola: sorgo grano y forrajero 2018–2023. Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural.
- Tesso, T. T., & Rattalino Edreira, J. I. (2023). Sorghum. In V. O. Sadras & D. F. Calderini (Eds.), Crop Physiology: Applications for Genetic Improvement and Agronomy (3rd ed., pp. 467–497). Academic Press.
- Vázquez-Carrillo, M. G., & Gámez-Vázquez, A. J. (2023). Mejoramiento genético y adaptación del sorgo a condiciones de estrés abiótico. Revista Fitotecnia Mexicana, 46(2), 145–162.
- CONABIO. (2023). Sorgo (Sorghum bicolor): ficha técnica y distribución en México. Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad.
- FAO. (2024). FAOSTAT: Crops and livestock products. Food and Agriculture Organization of the United Nations.
- INIFAP. (2023). Paquetes tecnológicos para la producción de sorgo en México. Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias.
- SAGARPA. (2024). Panorama agroalimentario del sorgo en México. Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural.
- Vyn, T. J., & Rajcan, I. (2023). Nutrient management for cereal crops under variable climate. Advances in Agronomy, 178, 55-112.
- Zhang, H., Zhao, Y., & Li, F. (2023). Water and nitrogen interactions in sorghum production under semi-arid conditions. Field Crops Research, 297, 108912.
- CONABIO. (2024). Sorgo (Sorghum bicolor): ficha técnica y distribución en México. Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad.
- FAO. (2023). Sorghum production and yield trends in semi-arid regions. Food and Agriculture Organization of the United Nations.
- INIFAP. (2023). Paquetes tecnológicos para la producción de sorgo en condiciones de riego y temporal en México. Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias.
- SAGARPA. (2024). Estadísticas de producción agrícola: sorgo grano y forrajero ciclo 2022–2023. Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural.
- Sánchez-Gómez, D., Ramírez, J., & López, A. (2023). Water and nitrogen interactions on sorghum yield under semi-arid conditions in Mexico. Agricultural Water Management, 285, 108312.
- Vázquez-Carrillo, G., Martínez, M., & Herrera, J. (2024). Reproductive-stage nutrient management for high-yield sorghum systems. Field Crops Research, 312, 109123.
- CONABIO. (2023). El sorgo en México: importancia productiva y ambiental. Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad.
- FAO. (2024). FAOSTAT: Crops and livestock products. Food and Agriculture Organization of the United Nations.
- SAGARPA. (2023). Panorama agroalimentario del sorgo en México 2023. Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural.
- CIMMYT. (2024). Manejo avanzado de cereales en ambientes de temporal: recomendaciones técnicas para sorgo y maíz. Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo.
- ICAMEX. (2023). Guía técnica para la producción de sorgo en el centro de México. Instituto de Investigación y Capacitación Agropecuaria, Acuícola y Forestal del Estado de México.
- INIFAP. (2024). Tecnología para la producción sustentable de sorgo en México. Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias.
- CONABIO. (2024). Panorama del cultivo de sorgo en México 2023-2024. Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad.
- FAO. (2023). Sorghum grain post-harvest management and storage guidelines. Food and Agriculture Organization of the United Nations.
- García-Lara, S., & Serna-Saldívar, S. O. (2023). Grain quality and safety of sorghum: Postharvest handling, storage, and mycotoxin management. Cereal Chemistry, 100(2), 345–360.
- SAGARPA. (2024). Manual técnico para la producción y manejo poscosecha de sorgo en México. Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural.
- Torres, J. L., Ramírez, R., & López, A. (2023). Efecto del secado y almacenamiento en la calidad física y sanitaria del grano de sorgo en climas cálidos de México. Revista Fitotecnia Mexicana, 46(1), 21–34.
- USDA. (2024). Sorghum: Grain quality standards, grading and storage recommendations. United States Department of Agriculture.
