Disponibilidad comercial del cultivo de sorgo

La disponibilidad comercial del cultivo de sorgo se estructura sobre dos ejes: grano para alimentación animal y biomasa para usos industriales, en la mayoría de países productores más del 60 % del volumen se orienta al mercado interno, sosteniendo cadenas intensivas de ganadería y avicultura, mientras que la fracción exportable depende de la competitividad frente al maíz y a los granos secundarios, así, Estados Unidos, Australia y Argentina concentran los flujos hacia Asia, especialmente China, donde el sorgo se integra en destilerías de etanol y en la formulación de piensos de alta densidad energética.
Esta configuración contrasta con regiones africanas y del sur de Asia, donde el sorgo mantiene un rol directo en la seguridad alimentaria, con consumos per cápita que pueden superar los 20 kg/año en zonas del Sahel, frente a valores inferiores a 2 kg/año en economías diversificadas, la dualidad alimento-forraje condiciona la planificación comercial, ya que incrementos en la demanda pecuaria interna reducen rápidamente el saldo exportable, obligando a ajustar contratos forward, logística portuaria y estrategias de almacenamiento hermético para estabilizar precios y calidad.
Ventanas de producción
La disponibilidad comercial del sorgo en México está determinada por una combinación de ciclos agrícolas bien definidos y una creciente diversificación de fechas de siembra que busca abastecer al mercado de manera más continua. Aunque el sorgo sigue anclado a las estructuras de ciclo primavera–verano (P–V) y otoño–invierno (O–I), la interacción entre riego, temporal, fotoperiodo y temperatura ha generado un mosaico de ventanas de producción que varía por región, tipo de productor y destino del grano, sobre todo pecuario. Entender estas ventanas no solo implica ubicar meses de cosecha, sino también reconocer cómo se escalonan las siembras para amortiguar riesgos climáticos y de precios.
En términos generales, el sorgo en México se concentra en cuatro grandes regiones productoras con dinámicas temporales distintas: Bajío–Occidente, Noreste (Tamaulipas–Nuevo León), Pacífico–Noroeste (Sinaloa–Sonora) y Altiplano–Centro. Cada región combina de manera diferente la disponibilidad de agua, la radiación y el riesgo de heladas, lo que define no solo la fecha de siembra óptima, sino la ventana comercial en que el grano o el forraje entra al mercado. Esta heterogeneidad regional es la que explica por qué, aun siendo un cultivo de ciclo relativamente corto (90–130 días según híbrido y ambiente), el sorgo puede estar disponible casi todo el año, aunque con picos muy marcados.
Ventanas de producción en el ciclo primavera–verano
El ciclo primavera–verano sigue siendo el eje de la producción nacional de sorgo, especialmente en condiciones de temporal. En el Bajío–Occidente (Guanajuato, Michoacán, Jalisco), las siembras se concentran entre junio y julio, ligadas al establecimiento seguro de lluvias, con cosechas que se extienden de octubre a diciembre. Esto genera una ventana comercial fuerte de grano seco entre noviembre y enero, periodo en que los centros de consumo pecuario del centro del país reciben grandes volúmenes, presionando a la baja los precios en cosecha, pero garantizando disponibilidad para las integradoras avícolas y porcinas.
En el Noreste, particularmente en Tamaulipas bajo temporal, el sorgo de P–V se siembra entre mayo y junio y se cosecha de septiembre a noviembre, aunque la variabilidad de lluvias puede adelantar o retrasar hasta dos semanas estas fechas. Esta región, que aporta de manera histórica una fracción significativa del sorgo nacional, define una segunda oleada de oferta que se superpone parcialmente con el Bajío, pero con particularidades logísticas: el grano se orienta tanto al consumo interno como a la exportación hacia Estados Unidos cuando las condiciones de precio lo permiten, modulando la disponibilidad efectiva en el mercado doméstico.
En el Altiplano–Centro (Estado de México, Hidalgo, Puebla, partes de Querétaro), el sorgo de P–V se maneja con ventanas más cortas debido al riesgo de heladas tempranas y a temperaturas nocturnas más bajas, que alargan el ciclo fisiológico. Las siembras se realizan entre finales de mayo y mediados de junio, buscando que el llenado de grano ocurra en agosto–septiembre y la cosecha en octubre–noviembre, antes de heladas de radiación. Esto restringe la posibilidad de escalonar siembras de forma amplia, por lo que la ventana comercial es más concentrada, y el sorgo de estas zonas tiende a insertarse como complemento, no como eje, de la oferta nacional.
La plasticidad fenológica del sorgo permite ajustar fechas de siembra dentro de estas ventanas sin comprometer drásticamente el rendimiento, siempre que se respeten las fases críticas de floración y llenado respecto a la disponibilidad de agua y la temperatura. Sin embargo, el escalonamiento deliberado de siembras para ampliar la ventana de cosecha se ve limitado por la sincronización de lluvias, lo que deja a muchos productores sujetos a una oferta masiva en pocos meses, con las implicaciones de volatilidad de precios y saturación de centros de acopio.
Ciclo otoño–invierno y producción bajo riego
El ciclo otoño–invierno introduce una dimensión distinta en la disponibilidad comercial, al depender en gran medida del riego y de zonas con inviernos relativamente benignos. En Tamaulipas de riego, el sorgo O–I se siembra entre noviembre y enero, con cosechas que van de abril a junio, generando una ventana de oferta estratégica antes de la entrada masiva del sorgo de P–V del Bajío. Este sorgo temprano de primavera suele capturar mejores precios, pues compite con los remanentes de maíz blanco y amarillo de ciclos previos, y abastece a la industria pecuaria en un momento de transición estacional.
En el Pacífico–Noroeste, particularmente en Sinaloa y algunas áreas de Sonora, el sorgo de O–I se maneja como alternativa o complemento al maíz, utilizando riegos de presiembra y auxilios bien calendarizados. Las siembras se realizan entre noviembre y diciembre, con cosechas de marzo a mayo, dependiendo del híbrido y del manejo de densidad y fertilización. Esta producción se orienta tanto a grano como a sorgo forrajero ensilado, lo que introduce otra capa de complejidad: la ventana de corte para silo no coincide exactamente con la de grano seco, ya que el objetivo es capturar un contenido de materia seca y energía óptimo en lechoso–masoso, alrededor de 80–100 días después de la siembra.
La expansión de superficies bajo riego en algunas cuencas, junto con la adopción de híbridos de ciclo intermedio más adaptados a inviernos suaves, ha permitido que el sorgo O–I aumente su peso relativo en la oferta anual, suavizando el vacío de disponibilidad que antes se presentaba a finales de invierno. Sin embargo, la presión sobre los recursos hídricos y las restricciones de asignación de agua en distritos de riego limitan el crecimiento de esta ventana, sobre todo en años de sequía prolongada asociada a eventos de El Niño, que han sido frecuentes en la última década.
La capacidad de los productores de riego para modular la fecha de siembra según pronósticos climáticos y señales de mercado les otorga una ventaja estratégica, ya que pueden adelantar o retrasar la cosecha dentro de un rango de 3–4 semanas, alineando la oferta con periodos de mayor demanda o mejores precios. Esta flexibilidad contrasta con la rigidez del temporal y se refleja en una mayor participación de estos productores en esquemas de contratos de suministro con integradoras y plantas de alimentos balanceados.
Temporalidad mensual y escalonamiento de la oferta
Si se observa la temporalidad mensual de la disponibilidad comercial de sorgo en México, se identifican tres grandes picos y dos valles relativos a lo largo del año. El primer pico se ubica entre abril y junio, dominado por el sorgo O–I de riego de Tamaulipas y el Pacífico–Noroeste, que entra al mercado cuando las existencias de granos de ciclos previos empiezan a disminuir. El segundo y más voluminoso se concentra entre noviembre y enero, resultado de la cosecha de P–V del Bajío, Occidente y parte del Noreste. Un tercer pico, menor pero relevante, aparece en septiembre–octubre, asociado a zonas tempranas de P–V y a sorgos forrajeros cortados para silo.
Entre julio y agosto, la oferta de sorgo grano tiende a reducirse, dependiendo más de inventarios almacenados que de cosecha fresca, lo que puede generar tensiones de precio si la logística de almacenamiento y transporte no es eficiente. De manera similar, febrero y marzo suelen mostrar una disponibilidad ajustada, justo antes de la entrada plena del sorgo O–I, por lo que las decisiones de almacenamiento tomadas en el pico de cosecha de noviembre–enero se vuelven críticas para amortiguar este valle. En este contexto, la infraestructura de silos comerciales y almacenamiento en finca influye de forma directa en la estabilidad de la oferta mensual.
El escalonamiento de siembras dentro de cada región es una herramienta técnica para ampliar las ventanas de cosecha, pero su implementación enfrenta restricciones agronómicas y económicas. En temporal, sembrar demasiado temprano expone al cultivo a fallas en la germinación por falta de humedad, mientras que sembrar tarde puede llevar la floración a periodos de estrés hídrico o térmico, reduciendo rendimiento y calidad de grano. En riego, el escalonamiento compite con otros cultivos de alto valor, como hortalizas o maíz, y con calendarios de entrega preestablecidos en contratos, lo que limita la libertad de mover fechas de siembra solo en función de la ventana comercial deseada.
A esto se suma la dimensión del mercado pecuario, que consume la mayor parte del sorgo nacional. Las integradoras avícolas y porcinas, así como los establos lecheros, planifican sus compras con base en curvas de producción y en la relación de precios con otros granos, especialmente maíz y trigo. Cuando el sorgo se vuelve relativamente más barato, su participación en las fórmulas de alimento aumenta, elevando la demanda justo en momentos en que la oferta puede estar restringida, como en los valles de febrero–marzo o julio–agosto. Esta interacción dinámica entre ventana de producción y flexibilidad en la formulación de raciones genera ciclos cortos de presión sobre precios y disponibilidad.
En los últimos años, los avances en modelación fenológica y pronósticos climáticos de mediano plazo han abierto la posibilidad de diseñar calendarios de siembra más finos, que integran riesgo de sequía intraestacional, probabilidad de heladas, incidencia de plagas clave como Melanaphis sacchari y señales de mercado. La adopción de estas herramientas aún es incipiente, pero donde se utilizan permiten ajustar las ventanas de producción con mayor precisión, reduciendo la concentración extrema de cosechas y mejorando la distribución mensual de oferta. Así, el sorgo, tradicionalmente visto como un cultivo de ciclos rígidos, se perfila cada vez más como un sistema flexible, capaz de adaptarse a un entorno climático y de mercado en rápida transformación.
Variación de precios
La variación de precios al productor de sorgo en México es el resultado visible de una cadena de decisiones biológicas, tecnológicas y comerciales que se condensan en un solo indicador: cuánto se paga por tonelada en la báscula. Ese precio, que el agricultor suele percibir como volátil y a menudo impredecible, responde sin embargo a patrones estructurales claros, determinados por la relación oferta-demanda en escalas local, nacional e internacional, y modulados por factores de política pública, logística y sustitución entre granos forrajeros.
En el corto plazo, la oferta nacional está condicionada por la superficie sembrada y el rendimiento, pero también por la oportunidad de cosecha y la capacidad de almacenamiento. México ha oscilado en los últimos años entre 1.3 y 1.8 millones de hectáreas de sorgo, con rendimientos promedio cercanos a 3.8-4.2 t/ha, lo que genera una producción que suele ubicarse entre 5.0 y 7.0 millones de toneladas, con fuerte concentración en Tamaulipas, Guanajuato, Michoacán y Jalisco. Esta producción no llega al mercado de manera uniforme, se concentra en ventanas de cosecha donde la presión de oferta local tiende a deprimir el precio en bodega, especialmente cuando el productor carece de infraestructura para almacenar y escalonar ventas.
La demanda, por su parte, está dominada por el sector pecuario, en particular la industria de alimentos balanceados para aves y ganado bovino, que utiliza el sorgo como insumo energético alternativo al maíz amarillo. Esta relación de sustitución es clave, porque el precio del sorgo se forma muchas veces como un descuento técnico sobre el precio del maíz importado CIF Golfo o Golfo-México, ajustado por contenido energético, costos de transporte y preferencias de formulación. Cuando el maíz se encarece en el mercado internacional, el sorgo se vuelve más atractivo para los formuladores de raciones, la demanda se expande y el precio al productor tiende a subir, aunque la respuesta no es lineal y depende de la elasticidad de sustitución en cada región.
Esta interdependencia con el maíz explica que la oferta nacional de sorgo no pueda analizarse de manera aislada, sino en el contexto del balance de granos forrajeros del país. México importa de manera estructural maíz amarillo y, en menor medida, sorgo, de Estados Unidos y otros orígenes, por lo que el precio interno del sorgo se ancla a las cotizaciones de referencia en Chicago (CME) y a los diferenciales de flete y tipo de cambio peso-dólar. Cuando el peso se deprecia, el costo de los granos importados aumenta en términos de pesos, lo que genera un “techo” de precios más alto para el sorgo nacional, siempre que la oferta doméstica no sea excesiva. En cambio, una apreciación del peso tiende a abaratar las importaciones, presionando a la baja el precio pagado al productor local.
Dinámica estacional y regional de precios
La estacionalidad productiva acentúa las oscilaciones de precios, porque la oferta efectiva no depende solo de las toneladas producidas, sino del momento en que éstas se vuelven líquidas en el mercado. En regiones de temporal, la concentración de cosecha en pocas semanas genera picos de oferta que saturan la capacidad de secado, almacenamiento y transporte, forzando ventas inmediatas a precios de oportunidad, mientras que en zonas con riego y mayor infraestructura, los productores pueden escalonar la salida del grano y capturar mejores precios de postcosecha.
En el ciclo otoño-invierno de Tamaulipas, por ejemplo, la cosecha de sorgo suele concentrarse entre mayo y julio, lo que coincide con momentos de elevada disponibilidad regional y, con frecuencia, con la llegada de maíz importado a puertos del Golfo. Esta coincidencia amplifica la presión a la baja sobre el precio local, ya que los compradores pueden elegir entre sorgo nacional abundante y maíz importado competitivo, lo que fortalece su posición de negociación. Cuando, por el contrario, se registran mermas de producción por sequía, heladas o plagas como el pulgón amarillo, la oferta regional se contrae, el diferencial frente al maíz se reduce y el precio al productor puede incluso superar el valor de importación ajustado, al menos de forma temporal.
La dimensión regional también introduce heterogeneidad en la formación de precios, porque el costo de traslado desde los centros de producción a los polos de consumo pecuario (Bajío, Altos de Jalisco, zonas lecheras del centro) condiciona la competitividad relativa del sorgo frente a otros granos. En regiones alejadas de puertos o fronteras, el sorgo local puede gozar de una prima logística frente al maíz importado, ya que el costo de llevar el grano nacional a la planta de alimento balanceado es menor que el de internar y transportar maíz desde el extranjero. Esta ventaja se refleja en un precio al productor más alto, siempre que la producción regional no supere la capacidad de absorción de la demanda local.
Choques externos, política pública y volatilidad
Más allá de la estacionalidad, la variación de precios al productor está influida por choques externos que alteran la relación oferta-demanda global de granos. Eventos como la guerra en regiones exportadoras clave, restricciones logísticas en puertos o incrementos abruptos en los costos de fletes marítimos provocan alzas en las cotizaciones internacionales de maíz y sorgo, que se transmiten a México con distinta intensidad según la coyuntura cambiaria y la estructura de contratos de importación. Entre 2022 y 2023, los picos de precios internacionales elevaron el costo de los granos forrajeros y, en consecuencia, mejoraron temporalmente el ingreso por tonelada de sorgo para muchos productores mexicanos, aunque los beneficios se atenuaron por el incremento paralelo en costos de fertilizantes y agroquímicos.
La política pública actúa como modulador adicional de esa volatilidad, no tanto fijando precios directos, sino a través de incentivos a la comercialización, esquemas de agricultura por contrato y programas de coberturas de precios. Cuando los productores acceden a coberturas con base en futuros de maíz o sorgo y a contratos de compra-venta con agroindustrias, la variabilidad de los precios de liquidación se reduce, aunque la referencia siga siendo la relación oferta-demanda. En cambio, en ciclos donde estos instrumentos se aplican de manera limitada o tardía, el productor queda más expuesto a caídas abruptas de precios durante la cosecha, especialmente si la producción nacional supera las expectativas o si se incrementan las importaciones en momentos de alta disponibilidad interna.
La regulación de importaciones, aranceles temporales y cupos también altera el equilibrio, ya que un relajamiento de las barreras comerciales en un contexto de precios internacionales bajos incentiva la entrada de volúmenes adicionales de grano que compiten directamente con la producción nacional, presionando los precios al productor. Por el contrario, restricciones o encarecimiento de las importaciones en un año de baja producción interna pueden provocar un aumento acelerado de los precios locales, con efectos mixtos: mejora el ingreso por tonelada para el productor, pero encarece el alimento para el sector pecuario y puede reducir la demanda en el siguiente ciclo.
Respuesta del productor y perspectivas de estabilización
Los agricultores no son observadores pasivos de estas oscilaciones, ajustan la superficie sembrada de sorgo según sus expectativas de precio relativo frente a otros cultivos como maíz, trigo o cultivos industriales. Después de ciclos con precios deprimidos, es frecuente observar reducciones de área en regiones marginales o con menor productividad, lo que a su vez contrae la oferta futura y contribuye a una recuperación de precios, mientras que periodos de buenos precios inducen expansiones de siembra que pueden desembocar en sobreoferta y caída de cotizaciones uno o dos años después. Este comportamiento, típico de mercados agrícolas, genera ciclos de sobreajuste que amplifican la volatilidad si no se acompaña de información de mercado oportuna y herramientas de gestión de riesgo.
La adopción de tecnologías de almacenamiento en finca, silos bolsa y esquemas asociativos de comercialización tiene el potencial de suavizar la curva de oferta, ya que permite a los productores retener grano y venderlo en momentos de mayor demanda o mejores precios, en lugar de saturar el mercado en la ventana de cosecha. Sin embargo, la decisión de almacenar implica costos financieros, riesgos de calidad y necesidades de liquidez, por lo que solo es viable cuando el diferencial esperado de precio entre cosecha y postcosecha supera esos costos. En regiones con acceso a crédito competitivo y servicios de información de precios, esta estrategia se vuelve más factible y contribuye a una formación de precios menos abrupta.
Al mismo tiempo, la mejora en la calidad del grano, el contenido de proteína y la consistencia en parámetros físicos incide en la disposición a pagar de la industria pecuaria, que puede reconocer primas por sorgo de alta calidad cuando ello reduce pérdidas en molienda o mejora la eficiencia de conversión alimenticia. En la medida en que los mercados evolucionen hacia esquemas de diferenciación por calidad y contratos de suministro más estables, la variación de precios dejará de depender exclusivamente de la cantidad disponible y se vinculará también al valor funcional del grano, lo que abre un margen para que el productor influya activamente en el precio que recibe.
Finalmente, la creciente atención a la resiliencia climática y al uso eficiente del agua en la agricultura mexicana coloca al sorgo en una posición estratégica, ya que su tolerancia relativa a sequía lo hace atractivo en escenarios de variabilidad hídrica. Si el sector pecuario y las políticas de seguridad alimentaria reconocen ese papel, la demanda estructural de sorgo podría estabilizarse o incluso crecer, reduciendo la amplitud de las oscilaciones de precio asociadas a cambios bruscos de superficie. La clave estará en articular información de mercado transparente, instrumentos financieros accesibles y una logística que permita que la relación oferta-demanda se exprese en precios que reflejen tanto la realidad global de los granos como las condiciones específicas de los productores mexicanos.
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