Condiciones clave para el cultivo de sorgo

Condiciones clave para el cultivo de sorgo

Comprender las condiciones edafoclimáticas del sorgo es decisivo para explotar su plasticidad fisiológica, este cereal C4 optimiza la fotosíntesis bajo altas temperaturas y radiación intensa, pero exige una siembra escalonada según la disponibilidad hídrica, temperaturas del suelo superiores a 16 °C y una densidad ajustada al potencial de agua útil, si estas variables se desalinean, el cultivo deriva en macollaje pobre, panojas incompletas y mayor susceptibilidad a Colletotrichum sublineola.

El manejo del estrés hídrico resulta central, el sorgo tolera sequía gracias a raíces profundas y cerosidad foliar, sin embargo, requiere humedad suficiente en floración y llenado de grano, por ello la elección de híbridos con distinto ciclo, la corrección de pH entre 5,8 y 7,2, la disponibilidad de nitrógeno y zinc y la rotación que reduzca Striga hermonthica definen la estabilidad del rendimiento.

Clima

Las condiciones climáticas que rodean al cultivo de sorgo en México determinan, con una precisión casi quirúrgica, su productividad, estabilidad y rentabilidad, por encima incluso de muchos factores de manejo. La fisiología C4 de Sorghum bicolor le confiere una notable eficiencia en el uso de agua y radiación, pero esa aparente rusticidad suele malinterpretarse como tolerancia ilimitada, lo que conduce a decisiones de siembra que no dialogan con el clima real de cada región. El reto agronómico actual consiste en ajustar fechas, híbridos y prácticas de manejo a un clima cada vez más variable, sin perder de vista los umbrales fisiológicos que definen el rendimiento potencial.

Rango térmico, fotoperiodo y radiación

El sorgo expresa su máximo potencial en un rango de temperatura media de 24 a 30 °C durante el ciclo, con temperaturas mínimas superiores a 12 °C en emergencia y establecimiento, y máximas que no superen de forma sostenida los 38-40 °C en floración, donde el estrés térmico impacta directamente el cuajado de grano. En buena parte del Bajío, el noreste y el Pacífico tropical mexicano, estos rangos se alcanzan con relativa facilidad en siembras de primavera-verano, sin embargo, pequeñas desviaciones de 2-3 °C en momentos críticos pueden traducirse en pérdidas de 10-20 % en rendimiento, sobre todo cuando se combinan con déficit hídrico.

El fotoperiodo interactúa con la temperatura y la genética del híbrido, modulando la duración de las fases vegetativa y reproductiva, de modo que en regiones tropicales y subtropicales, con días relativamente constantes, los sorgos fotoperiódicos tienden a alargar su fase vegetativa, lo que puede ser ventajoso para forraje pero riesgoso para grano si la floración se desplaza hacia periodos de lluvias intensas o calor extremo. Por ello, en zonas cálidas de Veracruz, Chiapas o Guerrero se han ido sustituyendo materiales fuertemente fotoperiódicos por híbridos insensibles al fotoperiodo, que permiten una programación más precisa de la floración y madurez fisiológica.

La radiación solar es otro eje determinante, ya que el sorgo, como cultivo C4, responde con incrementos significativos de biomasa y rendimiento de grano cuando la radiación global diaria supera 18-20 MJ/m², especialmente entre la expansión de la hoja bandera y el llenado de grano. En el altiplano semiárido, donde la atmósfera es más limpia y la radiación incidente es alta, se observa que, aun con menor temperatura media, los rendimientos pueden sostenerse por encima de 6.0 t/ha bajo riego, siempre que no haya heladas tempranas, lo que obliga a una cuidadosa sincronización entre radiación máxima y ausencia de frío.

Precipitación, estrés hídrico y manejo en temporal

En condiciones de temporal, el sorgo se adapta bien con láminas de lluvia acumulada de 350 a 600 mm distribuidas de forma razonablemente uniforme durante el ciclo, sin embargo, la distribución es más crítica que el volumen total, ya que el cultivo muestra mayor sensibilidad al déficit hídrico en floración y llenado de grano que en macollamiento o elongación de tallo. En estados como Tamaulipas y Guanajuato, donde el sorgo ha sido pilar en sistemas de producción de grano, los registros recientes muestran una mayor frecuencia de sequías intraestacionales, con periodos secos de 10-20 días en plena fase reproductiva, lo que ha impulsado cambios en fechas de siembra y selección de híbridos de ciclo más corto.

Cuando las lluvias se concentran al inicio y disminuyen hacia la mitad del ciclo, la estrategia dominante ha sido desplazar la siembra hacia fechas ligeramente más tempranas, buscando que la floración ocurra mientras aún hay humedad útil en el perfil, esta táctica se complementa con la conservación de rastrojo en superficie, que reduce la evaporación y mejora la infiltración, permitiendo al sorgo aprovechar mejor las lluvias tempranas y almacenarlas en el suelo. En zonas con suelos de textura media y buena profundidad efectiva, esta combinación ha permitido mantener rendimientos de 3.5-4.5 t/ha en años con lluvias totales inferiores a 400 mm.

En el extremo opuesto, cuando el régimen de lluvias supera 800 mm y se concentra en ventanas cortas, como ocurre en partes de la Huasteca y el trópico húmedo, el problema no es el déficit sino el exceso de humedad y la saturación del suelo, que reduce la oxigenación radicular y favorece enfermedades de raíz. Para atenuar estos efectos se ha avanzado en el uso de híbridos con sistemas radicales más profundos y mejor tolerancia a condiciones hipóxicas temporales, acompañados de prácticas de drenaje superficial y siembras en camas elevadas, lo que reduce el tiempo de encharcamiento y estabiliza el desarrollo vegetativo.

Estrés térmico, heladas y calor extremo

La sensibilidad del sorgo a las bajas temperaturas se manifiesta desde la germinación, donde temperaturas del suelo por debajo de 12 °C retrasan la emergencia, reducen la velocidad de crecimiento inicial y exponen al cultivo a patógenos de plántula, en zonas del Bajío y el altiplano, los inviernos más largos y fríos de algunos años recientes han obligado a desplazar las siembras de riego de otoño-invierno hacia finales de febrero o marzo, para evitar que la emergencia coincida con mañanas frías, esto ha permitido reducir fallas de población y mejorar la uniformidad del stand, aunque a costa de comprimir la ventana de cosecha.

Las heladas constituyen un límite duro, ya que el sorgo, en estadios vegetativos tempranos, puede sobrevivir a descensos ligeros por debajo de 0 °C si la duración es corta, pero en floración y llenado de grano, exposiciones de pocas horas a -1 o -2 °C pueden causar esterilidad parcial o total y aborto de granos. En regiones del altiplano norte, como partes de Zacatecas y Durango, la respuesta ha sido concentrar el sorgo en ciclos primavera-verano y sustituirlo por cereales de invierno en fechas de riesgo, relegando el sorgo invernal a zonas con menor probabilidad de helada o a esquemas de forraje donde el impacto sobre el grano es menos crítico.

El calor extremo se ha vuelto un factor cada vez más relevante, particularmente en el noreste y noroeste, donde olas de calor con temperaturas máximas superiores a 40 °C coinciden con la antesis, provocando fallas en la polinización y reducción del peso de mil granos, la fisiología C4 del sorgo le da cierta ventaja frente a otros cereales, pero la combinación de altas temperaturas, baja humedad relativa y vientos secos dispara la evapotranspiración, acortando el ciclo y reduciendo el llenado de grano. Ante este escenario, se están adoptando híbridos con mayor tolerancia al calor, que mantienen la viabilidad del polen y la integridad de los tejidos reproductivos en condiciones más extremas, además de ajustar la densidad de siembra para reducir la competencia por agua en el momento crítico.

En sistemas de riego por goteo o aspersión, se han ensayado estrategias de riego de alivio en periodos de calor intenso, aplicando láminas pequeñas pero frecuentes alrededor de la floración, lo que disminuye la temperatura del dosel y el estrés hídrico, estabilizando el rendimiento, aunque con un costo adicional de agua y energía que obliga a evaluar la rentabilidad caso por caso.

Adaptación climática, mejoramiento y manejo integrado

La combinación de variabilidad climática y expansión de áreas marginales ha orientado el mejoramiento genético del sorgo en México hacia materiales con mayor resiliencia climática, esto incluye híbridos con ciclos más flexibles, capaces de ajustar su duración en función de la temperatura acumulada, y con tolerancia simultánea a estrés hídrico moderado y altas temperaturas. Los programas de mejoramiento han incorporado rasgos como cutículas más gruesas, menor conductancia estomática en horas de máxima radiación y raíces más profundas, lo que mejora la eficiencia en el uso del agua sin penalizar en exceso la fotosíntesis.

En regiones semiáridas, se ha fortalecido el enfoque de agricultura de conservación, donde el sorgo se integra en rotaciones con maíz, trigo o leguminosas, aprovechando su capacidad de producir bajo menor disponibilidad de agua y su aporte de residuos con alta relación C/N, que protegen el suelo y moderan la temperatura del perfil. Al mantener cobertura permanente y reducir la labranza, se amortiguan las oscilaciones térmicas y se incrementa la infiltración de lluvia, creando un microclima edáfico más estable que favorece el desarrollo radicular del sorgo y su acceso a la humedad almacenada.

En zonas tropicales con alta humedad y temperaturas elevadas, la adaptación climática se ha orientado hacia el ajuste fino de fechas de siembra para evitar que la floración coincida con picos de lluvia intensa o calor extremo, así como hacia la diversificación de usos del sorgo, privilegiando materiales doble propósito o forrajeros cuando las ventanas climáticas para grano son demasiado estrechas. La integración de pronósticos climáticos estacionales, aunque aún imperfecta, empieza a utilizarse para definir siembras tempranas o tardías, modulando el riesgo de estrés hídrico o térmico en las fases críticas.

Finalmente, en escenarios donde las condiciones climáticas se alejan de los rangos ideales y los ajustes de manejo ya no compensan las limitaciones, se exploran esquemas de intensificación sostenible basados en riego complementario de baja lámina, uso de sensores de humedad y monitoreo de estrés térmico por imágenes satelitales o drones, lo que permite decisiones más precisas sobre riego, fertilización y control de malezas. El sorgo, por su plasticidad fisiológica, se ha convertido en un cultivo estratégico para estos sistemas, siempre que el clima se entienda no como un dato estático, sino como una variable dinámica que exige respuestas técnicas igualmente dinámicas.

Agua

El sorgo (Sorghum bicolor) se ha consolidado en México como un cultivo estratégico precisamente porque su fisiología C4 le permite mantener productividad aceptable bajo estrés hídrico, donde otros cereales colapsan. Sin embargo, esa reputación de “rústico” ha llevado a subestimar la importancia de manejar con precisión el recurso agua, lo que limita rendimientos que, con una gestión adecuada, pueden superar 8.0 t/ha en condiciones de temporal favorable y más de 10.0 t/ha en riego tecnificado.

La demanda hídrica del sorgo no es uniforme a lo largo del ciclo, por lo que el volumen total de agua disponible es menos determinante que su distribución temporal. En promedio, el cultivo requiere entre 350 y 550 mm de lámina efectiva por ciclo para lograr rendimientos comerciales, pero la sensibilidad al déficit se concentra en tres fases: establecimiento (emergencia a 4 hojas), diferenciación de panícula (aprox. de V6 a embuchamiento) y floración-llenado de grano. En estas etapas, un estrés hídrico moderado puede reducir el rendimiento entre 25 y 45 %, mientras que en madurez fisiológica el impacto es marginal. La clave no es solo “ahorrar agua”, sino priorizar su aplicación en las ventanas fisiológicas de mayor retorno productivo.

Requerimientos hídricos y dinámica del agua en el perfil

En los principales estados productores de sorgo de México, como Tamaulipas, Guanajuato, Michoacán y Jalisco, los patrones de precipitación se concentran en verano, con alta variabilidad intra e interanual. El sorgo se adapta a esta estacionalidad gracias a un sistema radical profundo, capaz de explorar más de 1,5 m de profundidad en suelos bien estructurados, lo que amplía el volumen de agua útil disponible, siempre que el perfil se recargue en pretemporada o mediante riegos de presiembra.

La evapotranspiración de cultivo (ETc) del sorgo, calculada a partir de la evapotranspiración de referencia (ETo) y coeficientes de cultivo (Kc) ajustados a cada fase, suele oscilar entre 3,5 y 7,0 mm/día en el Bajío y el noreste de México durante el pico de crecimiento. En sistemas de riego, el manejo eficiente se basa en cubrir al menos el 80-90 % de la ETc en las fases críticas, permitiendo ligeros déficits controlados en etapas vegetativas tempranas y de maduración, donde el cultivo muestra una notable plasticidad fisiológica, reduciendo transpiración sin comprometer de forma severa el rendimiento.

Este comportamiento está ligado a una elevada eficiencia en el uso del agua (EUA), que en sorgo puede alcanzar 1,8-2,2 kg de grano por m³ de agua consumida, superando a maíz en condiciones de estrés moderado. En ambientes de temporal con 400-450 mm bien distribuidos, esta EUA se traduce en rendimientos de 4,0-5,5 t/ha sin riego complementario, siempre que la infiltración sea adecuada y se minimicen pérdidas por escurrimiento y evaporación directa del suelo.

Condiciones ideales de agua en sistemas de riego y temporal

En condiciones ideales de riego, el sorgo se beneficia de un riego de presiembra o de “carga” de 80-120 mm para asegurar una emergencia uniforme, seguido de 2 a 4 riegos de auxilio según el tipo de suelo y la región. En suelos de textura media y buena capacidad de campo, un esquema frecuente en el Bajío es: presiembra, riego a V6-V8 (inicio de diferenciación reproductiva), riego en embuchamiento y, si la atmósfera es muy demandante, un riego ligero en floración temprana. Este patrón busca mantener la humedad del suelo entre 60 y 80 % del agua aprovechable en el primer metro del perfil, umbral donde la planta mantiene tasas fotosintéticas cercanas al máximo.

En riego por gravedad, la lámina unitaria suele ser de 60-80 mm, pero la tendencia actual es reducir la lámina y aumentar la frecuencia, sobre todo en suelos con baja capacidad de almacenamiento o con riesgo de anegamiento. El sorgo tolera mejor el déficit que el exceso de agua, por lo que los periodos de saturación prolongada, superiores a 48-72 horas en suelos pesados, generan hipoxia radical y predisponen a enfermedades como pudriciones de raíz y tallo, con pérdidas de población efectiva y acame.

En sistemas de temporal, las condiciones ideales se definen más por la sincronía entre siembra y régimen de lluvias que por el volumen total de precipitación. La ventana de siembra se ajusta para que la fase de máxima demanda hídrica coincida con el periodo de mayor probabilidad de lluvia estable, evitando que la floración ocurra en el pico de canícula o en semanas de alta probabilidad de sequía intraestival. En regiones del noreste, esto implica desplazar siembras hacia finales de junio o inicios de julio para que el llenado de grano ocurra con humedad residual suficiente en el perfil, aprovechando la recarga previa.

La selección de híbridos también se integra al manejo del agua, eligiendo materiales de ciclo intermedio o intermedio-tardío en zonas con buena recarga hídrica, y de ciclo corto donde las lluvias son más erráticas. El ajuste de densidad de población es otro regulador fino: en ambientes con disponibilidad hídrica limitada se recomiendan densidades de 120.000-180.000 plantas/ha, mientras que en riego o temporal húmedo se puede escalar a 220.000-260.000 plantas/ha, siempre que el nitrógeno no sea limitante, para maximizar la captura de radiación y el uso del agua.

Estrategias frente a la escasez y variabilidad del agua

Cuando las condiciones ideales de agua no se cumplen, la respuesta productiva ya no depende solo de cuánta agua se tiene, sino de cómo se administra el déficit. En México se han consolidado varias estrategias complementarias, que van desde el mejoramiento genético hasta el rediseño de sistemas de producción.

En primer lugar, la adopción de híbridos tolerantes a sequía y a altas temperaturas se ha acelerado, con materiales que muestran menor reducción de rendimiento bajo potencial hídrico de -1,5 MPa en el suelo, manteniendo integridad de la panícula y estabilidad del llenado de grano. Estos híbridos suelen presentar cutículas más gruesas, ángulos foliares más erectos y mayor relación raíz/parte aérea, rasgos que reducen la transpiración y mejoran la exploración de agua profunda.

En segundo lugar, el manejo del suelo como reservorio de agua se ha vuelto central. La incorporación de rastrojo de sorgo o de cultivos antecesores incrementa la materia orgánica, mejora la estructura y aumenta la capacidad de retención de agua, especialmente en Vertisoles y Luvisoles del Bajío y noreste. La siembra en conservación, con mínima labranza y cobertura permanente, reduce la evaporación directa del suelo hasta en 25-35 %, lo que en ciclos con 350-400 mm de lluvia puede significar una ganancia efectiva de 80-120 mm de agua disponible para el cultivo, equivalente a un riego de auxilio.

Cuando el agua de riego es limitada, se han implementado esquemas de riego deficitario controlado, priorizando solo las etapas críticas. Por ejemplo, con una dotación de 200-250 mm por ciclo, se omite el riego en maduración y se reduce la lámina en vegetativo temprano, concentrando 60-70 % del volumen entre diferenciación de panícula y floración. Esta estrategia no evita la reducción de rendimiento, pero permite estabilizarlo en 70-80 % del potencial, con una EUA superior, lo que resulta económicamente viable en distritos de riego con alta presión sobre el recurso.

La modernización de la infraestructura también ha sido clave, con expansión de riego presurizado (aspersión y goteo) en sorgo forrajero y en rotaciones intensivas con hortalizas y maíz. Estos sistemas incrementan la eficiencia de aplicación del agua por encima de 85-90 %, frente al 40-60 % típico del riego por gravedad sin nivelación láser, y permiten fraccionar las láminas de riego según la demanda diaria del cultivo, reduciendo el estrés hídrico episódico que suele pasar desapercibido en evaluaciones semanales.

Innovaciones y perspectivas en el manejo del agua para sorgo

El avance reciente en modelación de cultivos y herramientas de agricultura digital ha permitido una gestión más precisa del agua en sorgo, incluso en unidades de producción medianas. Modelos como AquaCrop y DSSAT, calibrados para condiciones de México, se utilizan para simular escenarios de fecha de siembra, densidad y estrategias de riego bajo distintos patrones climáticos, lo que ayuda a redefinir decisiones clave antes de establecer el cultivo. En paralelo, sensores de humedad de suelo de bajo costo y estaciones meteorológicas automáticas permiten estimar ETc en tiempo real, ajustando la programación de riegos y reduciendo la dependencia de calendarios fijos.

La integración de imágenes satelitales y drones con índices de vegetación (NDVI, NDRE) y de estrés hídrico (CWSI) ha facilitado la identificación temprana de zonas del lote con déficit de agua, compactación o problemas de infiltración, permitiendo intervenciones localizadas, como riegos suplementarios en franjas específicas o correcciones de manejo del rastrojo. Esta visión espacial del estrés hídrico ha mostrado que, aun en lotes aparentemente homogéneos, la variabilidad intra-parcela puede explicar hasta 30-40 % de la variación en rendimiento.

En regiones áridas y semiáridas del norte, donde la disponibilidad de agua subterránea es cada vez más restrictiva, el sorgo se está integrando en esquemas de intensificación sostenible como cultivo de rotación con algodón, trigo o maíz, aprovechando su menor requerimiento hídrico y su capacidad de producir forraje o grano bajo riegos reducidos. La combinación de sorgo con prácticas de captación de agua de lluvia, como bordos, zanjas de infiltración y manejo de microcuencas, aumenta la recarga del perfil y amortigua la variabilidad de las precipitaciones.

Finalmente, la presión creciente sobre los acuíferos y la variabilidad climática obligan a concebir el manejo del agua en sorgo no solo como un problema de parcela, sino de sistema agrícola. La elección de sorgo frente a otros cultivos, la duración del ciclo, el destino del producto (grano, forraje, doble propósito) y la integración con ganadería determinan la huella hídrica global del sistema. En este contexto, el sorgo se perfila como un cultivo que, bien manejado, permite producir más biomasa y energía metabolizable por unidad de agua que muchas alternativas, ofreciendo a la agricultura mexicana una herramienta concreta para transitar hacia una producción más resiliente y eficiente en el uso de un recurso cada vez más escaso.

Suelo

Las condiciones de suelo determinan la frontera real de productividad del sorgo en México, más que el potencial genético de los híbridos o el paquete tecnológico disponible, porque definen la disponibilidad de agua, nutrimentos y oxígeno en la rizosfera, así como la dinámica de sales y elementos tóxicos. El sorgo, considerado rústico y tolerante, responde de manera notable cuando se le ofrece un entorno edáfico compatible con sus requerimientos fisiológicos, y esa respuesta se traduce en rendimientos que pueden duplicar o triplicar los promedios regionales cuando se alinean textura, estructura, fertilidad y manejo.

Propiedades físicas del suelo y arquitectura radical

El sorgo desarrolla un sistema radical profundo, con raíces que pueden explorar más de 1,5 m en suelos bien estructurados, por lo que la profundidad efectiva del suelo es un primer condicionante, se buscan perfiles con al menos 80-100 cm libres de capas compactadas, horizontes endurecidos o saturación prolongada, ya que cualquier barrera mecánica reduce el volumen de exploración y, con ello, la resiliencia del cultivo frente a sequías intermitentes, frecuentes en las zonas sorgueras de Tamaulipas, Guanajuato y el Bajío.

La textura ideal oscila entre franca y franco-arenosa, con contenidos de arcilla de 15-30 %, que permiten una combinación adecuada de retención de agua y aireación, en suelos demasiado arenosos la infiltración rápida y la baja capacidad de almacenamiento hídrico obligan a riegos más frecuentes o a depender críticamente de la sincronía con las lluvias, mientras que en suelos arcillosos pesados la aireación deficiente y la susceptibilidad al encharcamiento afectan la emergencia y el desarrollo inicial, etapas en las que el sorgo es particularmente sensible al estrés anóxico.

La estructura granular o migajosa en el horizonte superficial favorece la emergencia uniforme y el establecimiento, una condición que se deteriora con labranzas intensivas, tránsito excesivo de maquinaria y manejo inadecuado de residuos, por lo que en zonas con problemas de compactación se ha generalizado el uso de subsoladores de cincel a 30-40 cm, aplicados de manera localizada y esporádica, combinados con labranza reducida y siembra directa para mantener porosidad continua y estabilidad de agregados, estrategia que ha mostrado incrementos de 10-20 % en rendimiento en parcelas con densidades aparentes superiores a 1,6 g/cm³.

Cuando las condiciones físicas se alejan de lo óptimo, se recurre a híbridos con mayor vigor radical y a prácticas como el ajuste de densidad de siembra y espaciamiento entre surcos, en suelos ligeros se reduce la densidad para disminuir la competencia por agua, mientras que en suelos pesados se amplía el espaciamiento para mejorar la aireación alrededor de la línea de plantas, manteniendo el índice de área foliar dentro de rangos que permitan un uso eficiente de la radiación sin comprometer la estabilidad del cultivo.

Reacción del suelo, salinidad y sodicidad

El sorgo se adapta a un rango amplio de pH, pero la ventana óptima para maximizar la disponibilidad de nutrimentos y la actividad microbiana se sitúa entre 6,2 y 7,8, por debajo de 5,5 se incrementa la solubilidad de aluminio y manganeso, lo que puede limitar el crecimiento radical, aunque esta condición es menos frecuente en los principales polos sorgueros de México, donde predominan suelos neutros a alcalinos, en estos últimos, con pH por encima de 8,0, la baja disponibilidad de fósforo, zinc y hierro se convierte en un factor restrictivo, visible en clorosis intervenal y pobre desarrollo de panículas.

La salinidad es un eje crítico en regiones de riego como el norte de Tamaulipas y partes de La Laguna, el sorgo tolera conductividades eléctricas del extracto de saturación (CEe) de 4-6 dS/m con pérdidas moderadas de rendimiento, sin embargo, cuando la CEe supera 8 dS/m, la reducción puede acercarse a 50 %, especialmente si coincide con estrés hídrico, ante esta realidad, se han adoptado esquemas de riego por melgas con láminas de lavado programadas, uso de aguas de mejor calidad en etapas críticas (emergencia y floración) y rotaciones con cultivos más sensibles, como frijol o hortalizas, que incentivan el manejo cuidadoso de la salinidad en el perfil.

La sodicidad complica el panorama, ya que el exceso de sodio intercambiable deteriora la estructura y reduce la infiltración, generando costras superficiales que afectan la emergencia del sorgo, en suelos con relaciones de adsorción de sodio (RAS) elevadas se han extendido las aplicaciones de yeso agrícola (CaSO₄·2H₂O) a dosis de 2,0-5,0 t/ha, combinadas con incorporación profunda y manejo de riego que facilite el desplazamiento del sodio fuera de la zona radical, esta práctica, junto con la inclusión de sorgo en rotaciones de mediano plazo, ha permitido recuperar parcialmente suelos con infiltraciones menores a 5 mm/h, llevándolas a valores operativos de 15-20 mm/h.

Cuando el pH alto y la salinidad coexisten, se recurre a híbridos de sorgo granífero y sorgo forrajero con mayor tolerancia osmótica, seleccionados por estabilidad de rendimiento en ambientes con CEe de 6-10 dS/m, además se ajusta la fertilización nitrogenada para evitar concentraciones excesivas de nitratos en el tejido, que agraven el estrés salino y comprometan la calidad del forraje, especialmente en sistemas de producción lechera intensiva.

Fertilidad, materia orgánica y dinámica de nutrimentos

El sorgo responde con eficiencia a la fertilización balanceada, pero su potencial se modula por el contenido de materia orgánica y la capacidad de intercambio catiónico (CIC) del suelo, en suelos del Bajío con contenidos de materia orgánica superiores a 2,0 % y CIC moderada, las dosis de nitrógeno pueden optimizarse en 80-140 kg/ha, dependiendo del rendimiento objetivo y del aporte residual de cultivos anteriores, mientras que en suelos degradados del norte de Tamaulipas, con materia orgánica por debajo de 1,0 %, se requieren dosis mayores para alcanzar respuestas similares, con el riesgo de pérdidas por lixiviación o volatilización si no se sincroniza adecuadamente la aplicación.

La disponibilidad de fósforo se vuelve crítica en suelos calizos, donde la fijación por carbonatos reduce la fracción soluble, por ello se han generalizado prácticas como la aplicación localizada de fosfatos monoamónicos o diamónicos en banda, a 5 cm lateral y 5 cm por debajo de la semilla, lo que incrementa la eficiencia de uso del fósforo y favorece un arranque vigoroso, en parcelas con historial de baja respuesta a fósforo soluble, se ha incorporado el uso de fuentes parcialmente aciduladas o mezclas con ácidos húmicos, buscando mejorar la solubilización en la microzona radical.

El zinc y el hierro constituyen los micronutrimentos más frecuentemente limitantes en suelos alcalinos, la clorosis férrica en sorgo se ha manejado con aplicaciones foliares de quelatos en etapas de 4-8 hojas, mientras que la deficiencia de zinc se atiende con aplicaciones al suelo de sulfato de zinc o mezclas granulares enriquecidas, aunque la respuesta económica varía según el nivel de deficiencia, en los últimos años se ha incrementado el interés por biofertilizantes basados en microorganismos solubilizadores de fósforo y fijadores de nitrógeno asociados a gramíneas, que pueden aportar entre 15-30 kg N/ha efectivos y mejorar la disponibilidad de P en la rizosfera, reduciendo parcialmente la dependencia de insumos sintéticos.

La materia orgánica actúa como regulador central de estos procesos, incrementa la CIC, mejora la retención de agua y estabiliza agregados, por ello, en zonas sorgueras con agricultura de temporal se ha promovido la incorporación sistemática de residuos de cosecha, el uso de abonos verdes (particularmente leguminosas de ciclo corto) y la adopción de labranza de conservación, estrategias que, en horizontes de 5-10 años, han mostrado aumentos de 0,3-0,5 puntos porcentuales de materia orgánica y mejoras consistentes en la infiltración y la capacidad de almacenamiento hídrico, lo que se traduce en rendimientos más estables frente a variaciones en la precipitación.

Estrategias cuando el suelo no es ideal

En buena parte de las áreas productoras de México, las condiciones ideales de suelo para el sorgo son más una referencia que una realidad, frente a limitantes estructurales, químicas o de profundidad, los productores han adoptado combinaciones de manejo que buscan compensar o, al menos, amortiguar los efectos adversos, una de las estrategias más extendidas es el ajuste fino de fechas de siembra y elección de ciclos de madurez, sincronizando la fase de máxima demanda hídrica con periodos de mayor disponibilidad de agua en suelos con baja capacidad de almacenamiento.

En suelos someros sobre tepetate o roca, donde la profundidad efectiva no supera 40-60 cm, se recurre a híbridos de ciclo corto y a densidades de siembra moderadas, priorizando la estabilidad de rendimiento sobre el potencial máximo, en estos ambientes, la fertilización se concentra en etapas tempranas para aprovechar al máximo la corta ventana de crecimiento activo, y se evita el exceso de nitrógeno que podría inducir un crecimiento vegetativo desproporcionado y un mayor consumo de agua sin beneficio en grano.

En ambientes con problemas de salinidad y sodicidad, la inclusión del sorgo en rotaciones estratégicas con cultivos de raíces profundas y gramíneas tolerantes contribuye a mantener la cobertura del suelo y reducir la evaporación directa, lo que limita la acumulación de sales en la superficie, además, el sorgo se utiliza como cultivo de recuperación en suelos degradados, donde su biomasa radical y aérea aporta carbono y mejora gradualmente la estructura, creando condiciones más favorables para cultivos subsecuentes más exigentes.

Cuando la limitante principal es la fertilidad, especialmente en sistemas de temporal con baja inversión, se ha avanzado hacia esquemas de fertilización sitio-específica basados en muestreos de suelo georreferenciados y mapas de rendimiento, lo que permite redistribuir los insumos hacia las zonas de mayor respuesta potencial, evitando aplicaciones uniformes que diluyen la rentabilidad, al mismo tiempo, se exploran híbridos con mayor eficiencia en el uso de nitrógeno y fósforo, capaces de sostener rendimientos competitivos con dosis reducidas, una línea de trabajo que se vuelve prioritaria ante el aumento en los costos de fertilizantes y la presión ambiental por emisiones de gases de efecto invernadero asociadas al uso de nitrógeno.

En este entramado de condiciones y respuestas, el suelo deja de ser un simple soporte físico para convertirse en el eje de decisiones agronómicas, el sorgo, con su plasticidad fisiológica, ofrece un margen amplio de maniobra, pero la diferencia entre un cultivo que sobrevive y uno que produce al límite de su potencial depende de la precisión con que se entiendan y se gestionen las propiedades edáficas que lo sostienen.

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